Archivo de la categoría: Cuentos

¡NAMASTÉ!

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¡NAMASTÉ!

Una pareja de enamorados se escapan todas las noches de su poblado para verse. Ella estaba prometida a otro, para su desgracia. El matrimonio de él aún no había sido concertado. Apenas habían comenzado a vivir y ya estaban padeciendo las injusticias de su cultura.

Una noche, de esas oscuras en las que quedaban los amantes para verse sin miradas extrañas, abandonando el lecho de cada uno, en sus casas de adobe, se reunieron junto a la charca donde nacían extrañan flores, entre luciérnagas y ranas croando. Escondidos en la magia de la noche, la Naturaleza les acogía en la maravillosa unión del amor y armonía del Universo. Todo tenía un sentido, una razón y una explicación. Desde siempre existió amor en sus corazones. Ella le miraba cuando eran niños en la escuela, mientras él jugaba con elefantes de madera, tallados por su padre.

Todas las noches rezaban a los dioses que les permitieran amarse libremente, sin esconderse. Solo el Dios de la Noche les hizo caso. Bajo la luz de la leve Luna, casi a oscuras, les lanzó un conjuro, les bendijo con amarse hasta la eternidad, arriba en el firmamento, como dos estrellas y ellos aceptaron, pues ansiaban tanto vivir juntos para siempre. El amor no entiende del tiempo, de las formas, de cuerpos, sino de almas.

Aquella noche subieron como dos estrellas fugaces al cielo y se convirtieron en la pareja inseparable de una estrella mayor, la Estrella Polar, que a todos guiaba al Norte. Arriba titilaban con gran brillo de resplandor alegre y desde entonces lanzaron un mensaje de amor a sus gentes, guiando a los enamorados. ¡Namasté!: se decían entre todos, mientras miraban al cielo en las noches de mayor brillo.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 30 de septiembre de 2016.

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Montañas de fuego: el ocaso.

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La Luna se asomó por aquellas tierras una vez más en un estado extraño. Rojo atardecer, el astro sangraba por los cráteres de su superficie o eso creía yo, sin saber que una vez más aquel volcán entraba en erupción en una tierra no muy lejana. Lo cierto es que las nubes de polvo eran cada vez más difíciles de respirar. Estaba mirando fijamente la noche, acechando estrellas y era un espectáculo inquietante. Tinguaro se dijo que aquella noche el dios de las penumbras estaría haciendo maldades, con su espada de lava ardiente, su halo a azufre y su espíritu de mago malicioso, el que todo lo malo podía hacer en la vida de los hombres. Mientras todo esto pasaba la joven desnuda que yacía en su cama seguía durmiendo plácidamente tras haberle amado durante la tarde de ese caluroso día. Su cuerpo era pequeño y terso, pues apenas sus años habían dibujado formas femeninas. Esa era la costumbre en su pueblo, casarse en la doncellez, siendo aún muy jóvenes. La piel blanca porque la protegía del Sol con unas pieles que le llegaban casi hasta el suelo. El pelo castaño dorado por el Sol. Los ojos verdes o color miel quizás, porque en su interior había un iris de finas líneas verdosas pero con toques de marrón. El joven guerrero había luchado hacía años contra los invasores que pese a sus aguerridos ataques seguían llegando y no dejarían de venir y ahora el volcán se estremecía de dolor, el dolor de las entrañas, del parto de un mundo nuevo, de nuevas realidades, de tierras con malpaíses. Tinguaro lo sabía y esa noche sollozaba a escondidas en la noche y en silencio mientras veía despertar al Sol de su baño nocturno en las aguas más bellas que había visto nadie jamás, con la brisa del Alisio que acariciaba los cabellos largos de aquél joven que presentía el final, el ocaso de una vieja era.
En Las Palmas de Gran Canaria a 30 de agosto de 2014.

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La mirada de la Gioconda

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La mirada de La Gioconda
El fino lienzo de un pintor un día acertó a mostrar una mirada. Sombreada con esmero y certero pulso aquellos ojos miraban al espectador como si un enigma intentara averiguar. Aquello que estaba al otro lado era la realidad, lo que estaba en el lienzo era si cabe otra realidad distinta, la de la naturaleza de un cuadro. Muchas miradas se posaron durante años en él intentando averiguar hacia dónde miraban aquellos ojos sin saber que aquellos eran los míos. Miraba al fondo de las almas para averiguar quién fuera de aquel u otro modo, intentando encontrar el amor en sus pupilas, pero lo único que parecía aparecer en ellas era la curiosidad y el gusto de poder observar sin ser llamado, puesto que un cuadro hedonistamente tiene un fin, ser observado, escrutado y juzgado. Así sentía clavar sus miradas en mis ojos cada día que pasaba hasta que un día la mirada se volvió triste, agotada y cansada y solo quería dormir y olvidar aquella otra realidad llena de sombras.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 12 de agosto de 2013.
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La tejedora de sueños (2)

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A petición popular se me ha ocurrido una historia que no sé si les gustará, pero aquí está, con un poco de romanticismo para esta noche de verano, porque a veces se nos olvida la magia de los primeros amores, de los primeros encuentros, de los sueños adolescentes:

Ella bordaba con sus finos dedos blancos, las punteaba con hilo de plata en un paño azul intenso, oscuro, de un matiz gris marengo y ese color tan feo no dejaba de quitarle belleza a la escena que ella formaba en su mente y dibujaba arriba cada noche. Noches de penas y soledades, de frío veraniego, inusual en aquella tierra de volcanes y extensas playas de arena blanca. Suponían los que la veían cada noche bajo La Luna que era una solitaria muchacha que soñaba mientras miraba al cielo allí en las sombras. Ella no sabía más que respirar entre suspiros y mirar las estrellas y en sus manos guardaba la inmensidad del Universo recreando un encuentro mil veces visto en los astros. Así pasó un año, las miraba desde el balcón de su casa, desde el parque y se recogía en su casa a medianoche como la Cenicienta. Una noche tuvo un extraño encuentro con un joven que paseaba a su perro, llamado Faycán, que olizqueaba entre los zapatos de la joven a ver qué secretos guardaba su olor. La muchacha se sonrió y lo acarició con cariño, él parecía intuir algo especial en ella. ¿Qué buscas tú, truhán? –le dijo riéndose. Su dueño le respondió desde unos metros más allá: A lo mejor te buscaba a ti –dijo sonriéndole coquetamente. Los dos se rieron.
-Pero, ¿qué podría buscar en mí? –le preguntó ella inocentemente.
-No sé, -le dijo-, es un perro muy listo y sabe buscar lo mejor de las personas, es como si lo intuyera y yo me fío de él siempre. Es mi fiel escudero –le dijo pícaramente.
-Umm, entonces tú serás un caballero de brillante armadura, ¿no? –siguió ella la broma.
-Podría serlo, sí, señorita.
-Eres muy simpático, o eso parece, aunque no sé, no me fío, no te conozco.
-Bueno, yo suelo pasear a menudo por aquí y te he visto varias veces, siempre estás mirando la estrellas. ¿Qué buscas en ellas?
-Sí, me gustan y quiero ser astrónoma y estudiarlas y mirarlas siempre y descubrir los secretos que nos depara el Universo.
-Vaya, parece ser un bonito sueño el tuyo –le guiñó un ojo mientras se lo decía.
-Ayyy, suspiró ella, sí podría ser un sueño que es eterno pero el tiempo pasa rápido y lo anhelo tanto que cada noche juego con las estrellas a adivinar mi destino.
-Es un sueño muy romántico.
-Sí, en fin, espero verte otra noche.
-¿Y por qué no otro día? Mañana, te espero a las cinco en este parque y damos un paseo con Faycán y seguimos charlando, porque ya es tarde.
Ella miró su reloj y ya caía la medianoche:
-Uy, sí, es cierto, ya es tarde y mañana tengo que levantarme temprano y hacer muchas cosas, porque siempre estoy atareada, pero me encantaría verte mañana.
-Hasta mañana.
-Hasta pronto.
Ella se detuvo y miró por última vez las estrellas esa noche y supo que aquel encuentro mágico que tanto esperaba se había producido, el del primer amor, pues el corazón le latía fuerte y su pulso estaba acelerado y tenía una cita y algo le decía que era éste el momento.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 26 de junio de 2013.

La tejedora de sueños

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Una noche Lucila salió a pasear bajo la Luna llena más grande que podían haber visto sus ojos a sus 16 años y miró al cielo inquieta sin dejar de sentir cierto escalofrío en este inusual verano helado. Arriba titilaban con su llama fija las estrellas más brillantes del universo conocido. Alguien le había contado que si miraba al cielo una noche estrellada podría adivinar su futuro. Los astros nos acompañaban hasta los albores de la eternidad, desde el más oscuro de los tiempos, y había personas hábiles que podían dibujar imágenes en esos luceros. Ella no los conocía pero, mientras los miraba, encontraba imágenes amigas, imaginaba que eran los sueños, los deseos más profundos los que arriba se manifestaban, para luego acontecer tiempo después en las vidas de los isleños. Esa noche vio a un hombre entre esas estrellas y una joven le daba la mano. ¿Sería él, tan adorado y esperado? A partir de ese momento Lucila comenzó a mirar hacia arriba siempre cada noche y ese verano tejió en sus sueños una historia de amor, entre las que las estrellas y los dos amantes tenían mucho que ver. Lucila no sabía cómo terminaría, pero sabía que empezaba con un encuentro, lo leía allá arriba y, mientras lo soñaba en sus visiones despierta cada noche, Lucila era muy feliz, pues tenía la intuición de que algún día sus tejidos de estrellas llegarían a cumplir su promesa, pues punzada tras punzada, uniendo estrella con estrella, movía su dedo y dibujaba una escena, embobada por un sueño eterno mediante el cual escapaba de su realidad.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 19 de junio de 2013.
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Un cuento de Navidad

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UN CUENTO DE NAVIDAD

Ana estaba sola ante el gran árbol de Navidad. Este año faltaban algunos en la familia y había pocos regalos, pero Ana esperaba con ilusión que fueran las doce de la noche, como cada año. Había sido un año duro de crisis económicas y despropósitos, pero se consolaba pensando que el año que entraría sería mejor, como le decían todos. Ingenua, pero escéptica, Ana hacía que se lo creía, pues tenía que intentar ser positiva para no amargarle las fiestas a los demás. También le habían dicho que se acabaría el mundo el 21 de diciembre. Las teorías más disparatadas habían corrido por todo el planeta, marcianos o extraterrestres pululaban en muchas imaginaciones fértiles, además, de meteoritos y demás supersticiones, pero Ana no se dejaba llevar por estos presagios de mal augurio y se permitía el lujo de bromear con el tema y de mandar mensajes positivos para un futuro cercano.
La vida era realmente complicada a veces y esta jovencita lo sabía bien. Su padre se había quedado en paro hacía ya cuatro años y no encontraba trabajo y la familia vivía de subsidios cada vez más escasos y más difíciles de conseguir y a la vez hacían lo que podían, casi milagros con la comida y lo básico para subsistir, incluso trabajillos que cobraban en negro les permitían poder seguir viviendo, aunque no sin cierta incertidumbre diaria. El vivir día a día mientras veían mermados sus ingresos, su poder adquisitivo y su vida en general era realmente estresante y los nervios estaban a flor de piel muchas veces, generando conflictos entre ellos y con los demás. Ana era la dulce luz de aquella casa, siempre sonriente y luchadora, no dejaba que la vencieran los atropellos que sufrían a diario, pues el pobre no tiene medios para defenderse y menos aún en un mundo en retroceso evidente hacia realidades más poco hospitalarias y que les alejaban del antaño bienestar reinante. Esta Navidad Ana había pedido con mucha ilusión que la suerte atrajera por medio de las energías del Universo hacia ellos algunas bendiciones, tal como había leído en un best seller; soñaba con el Gordo de Navidad o con que simplemente su padre consiguiera un trabajo. Su madre se partía la espalda trabajando duramente limpiando suelos y casas de conocidos y gente más pudiente y eso ayudaba a reflotar un poco la economía familiar, pero no llegaba a mantener a sus cinco hijos, tres de ellos mayores de edad y en paro, incluso uno con familia, a la que también mantenían ellos.
Ana era la hija pequeña y de ella se esperaba que fuera la alegría de la casa. La joven intentaba portarse bien, aunque a veces no podía conseguirlo y se rebelaba con rabia contra las circunstancias. Intentaba ser aplicada pero no siempre conseguía lo que se proponía, dura enseñanza que todos aprendemos en la vida, pero al menos todos se esforzaban con listeza para llegar a fin de mes y sobrevivir; ésa era la palabra consignada en esta familia como nueva programación neurolingüística y que antes era de clase media y ahora estaba rozando el umbral de la pobreza. ¿Qué le regalarían por Navidad o por Reyes? Ana no había pedido nada más que un pintalabios y unas sombras de maquillaje, pues era coqueta y estaba tonteando con Pedro en su clase. Quería estar lo más mona posible para que el jovencito le hiciera caso, pero tenía que competir con otras chicas más avispadas, pues la tierna niña era algo inocente y Pedro un joven alocado. Solo buscaba su primer amor mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba ante la cruel realidad.
Su padre se había pateado toda la ciudad en busca de trabajo, echando currículum por todas las empresas, polígonos industriales, se conocía todos los portales y medios de internet de empleo, todas las instituciones, pero nada le había salvado del abismo de la desolación de una situación que parecía convertirse en una pesadilla, pues el peso de la responsabilidad de mantener a una amplia familia recaía en sus cansados hombros. Sergio ya era un hombre maduro entrado en los 60 años y esa edad era un impedimento en un mercado laboral inflexible e injusto que no valoraba la experiencia y la falta de formación y ni siquiera el exceso de estudios era ya una moneda de cambio en el mercado de trabajo, cada vez más exigente y más pazcuato. El drama familiar se mascaba cada día cada vez que Sergio llegaba a casa o recibía un nuevo no como respuesta, si es que se dignaban a rechazarlo, pues ¡eran tantos los candidatos y tan escasas las oportunidades! Y los años pasaban para él sin haber cotizado lo suficiente para una digna pensión. Se mordía las uñas del estrés y su pelo se había caído en parte, y vuelto completamente blanco, el poco que le quedaba ya. Sus hijos y sus dos nietos eran muy jóvenes y encontraban trabajos temporales muy mal pagados y en pésimas condiciones y tenían que buscar una salida a todo este desbarajuste y como sus abuelos tendrían que emigrar a Alemania o América para buscar nuevas oportunidades, porque la patria ya no les acogía en derechos ni en bienestar.
Este año la Navidad estaba siendo tensa y extraña. Algunos pasaron de celebrarla, amargados como estaban de su angustiosa situación; otros, querían divertirse simplemente, para olvidar las penas, y Ana, la joven chiquilla de ojos negros arrullados por grandes pestañas, miraba a todos con algo de ingenuidad y preocupación a través de su alocada visión de la vida, y movida por la extraña felicidad del adolescente y por una curiosa luz interior cantó en torno al árbol una pegadiza canción de paz y amor de Navidad con una suave vocecita que demostró su fortaleza a medida que cogía confianza. Su calor atrajo a los miembros de su familia, que por un momento olvidaron las penas, mientras comían frugalmente lo poco que caía en sus manos, pues apenas quedaba ilusión ni dinero para tirar la casa por la ventana como antaño, pero, esa noche, Ana les iluminó con la luz de la esperanza pues ella les decía que el año que viene sería mejor, que si era necesario trabajaría como su madre para ayudar a la familia y raspar unas monedas más para la cesta de la compra mientras proseguía con sus estudios en el instituto público de su barrio. Todos la creyeron o quisieron creerla y vieron en ella el valor de quién se enfrenta sin temor al futuro, propio de la inconsciencia de la juventud pero que demostraba que no se rendía ante la adversidad, recibiendo una valiosa lección. Todo lo que hiciera falta se haría, todo lo honrado que fuera posible sería necesario hacer y si era necesario emigrarían para no separar a la familia, pero el futuro se abría camino a bocados y debían seguir su senda, pues el presente no era un lugar cómodo, el futuro no podía seguir por el mismo camino. Esa nochebuena lo vieron claro, pues quizá la luz de una jovencita les había iluminado con la voz de la esperanza.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 26 de diciembre de 2012.

El brillo de una lucecita

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El brillo de una lucecita

 

Hubo una vez una lucecita que iluminaba solo una pequeña partícula de espacio en la noche más oscura. Tan pequeña era que si estaba sola, sin sus amigas, ella brillaba pero no era más que un punto en la inmensa boca de la noche. Lucecita era tímida y solo se asomaba cuando algún caminante si acaso necesitado de su luz, ella, tan bondadosa, se le mostraba, pero ¿qué podía hacer una luciérnaga solitaria? Mientras más sola más brillaba, pues parecía que espantaba así las sombras. Lucecita iluminaba el camino errado de miles de almas, pero eso no la contentaba, pues estaba tan triste porque no podía comprender dónde se habían metido las demás luciérnagas, ¿acaso ya solo quedaba ella?

            Mientras estaba con sus pensamientos y tribulaciones, Lucecita se iba apagando cada día más, sin gozar de la compañía de sus queridas amigas, que se hacían de guías unas a otras.

            Un día, Lucecita llegó a un páramo solitario y cuando apareció La Luna empezó a ver mejor, pues antes su vista estaba cegada por la oscuridad y pudo entrever pequeñas luces en aquel recóndito lugar, parada de un largo viaje.

            —Te estábamos esperando hace tiempo, Lucecita –le dijo con sus luces intermitentes otra luciérnaga.

            —¿En serio? Esperé tanto tiempo pero nadie apareció, creí que ya era la única y casi había perdido la esperanza.

            —No, boba, estábamos ocultándonos de los que querían robar nuestra luz. Por eso, esperábamos en las sombras una ocasión para este encuentro.

            Lucecita creía que estaba soñando. Nunca había estado sola, como pensaba. El júbilo invadió su alma y Lucecita voló brillando más que nunca antes, pues feliz estaba.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 16 de agosto de 2012.

 

Rosabel, cuentacuentos

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Rosabel ya era anciana. Se dedicaba a tejer, a hacer encaje de bolillos y a seguir viviendo con resignación pero con mucha ilusión. Su avanzada edad le había permitido conocer a muchas personas y vivir muchas experiencias, pero ella se sentía joven y solo limitada por su cuerpo, quebrantado por los años. Sus nietos la visitaban de vez en cuando, en aquella masía, que por vieja y falta de arreglos tenía un aspecto lastimoso. Su marido ya no estaba con ellos y ella entretenía a los dulces y traviesos niños con sus historias, algunas de ellas inventadas. Rosabel imaginaba mundos nuevos e historias increíbles, pues pese a ser iletrada era una mujer con alma de poeta. Sus rimas constantes en su boca y sus metáforas hacían que a veces solo sus hijas la entendieran, pues los niños, alejados del mundo rural y urbanitas empedernidos, vivían alegremente en el siglo XXI y no eran conscientes de la sabiduría que las palabras de su abuela vertía con cada chorro de su dulce y vibrante voz. Ella sabía lo valiosas que eran las palabras y era mujer que si decía algo, lo cumplía. Tan importante era para ella lo dicho, que a veces, ingenuamente, creía que sus historias las había vivido, ya fuera en época medieval entre castillos y príncipes como en el Oeste americano, con los indios como protagonistas. Le encantaban los dibujos animados, esas películas musicales donde se contaban historias heroicas de buenos y malos bien definidos, pues se sentía al verlas como una niña. Sí, Rosabel era joven de espíritu y solo sus arrugas la delataban.

            Solía contarles, en ocasiones, a sus nietos, historias que adornaba con mucha imaginación pero que tenían un fondo de verdad. Esas eran las que más le gustaban de todas, pues hablaba de Juanillo, el largo, de Pepita, la vinagrera, de Porfirio, el panadero, y demás personajes que había conocido. Lo contaba con tanta emoción y con tanto arte e implicación que los niños creían trasladarse hasta allí con mucha facilidad, hasta el viejo pueblo, inventado, de Rimalotodo, como a Rosabel le gustaba llamarlo, pues sus habitantes hablaban exactamente como ella, mediante rimas y metáforas ocurrentes e ingeniosas, cantando al alba y haciendo las tareas del campo y contando historias entorno a un fuego o una chimenea llena de hollín. Y es que Rosabel era una cuentacuentos nata, hábilmente formada en su casa y en su época, pues todo se transmitía de forma oral: las historias del pueblo, del señorito del lugar, de los pueblerinos, las leyendas más antiguas, los cotilleos de los mentideros, y un sinfín de cosas, reales o imaginarias, que enriquecían su mundo y sus vidas, pues no había tele, como solía decirles Rosabel.

Sus nietos disfrutaban mucho y repetían las historias a sus amigos con memoria de elefantes y así se formaba una cadena en la que las historias de Rosabel, antes disfrutadas por sus hijas, cobraban vida propia y llegaban lejos, hasta la ciudad. Pues las palabras vuelan como el viento dicen por ahí y como Rosabel sabía que sus palabras tenían peso y no eran ligeras, por eso las cuidaba mucho, las mimaba y las enseñaba con valores añadidos, para que tuvieran siempre un mensaje claro para los niños.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 4 de agosto de 2012.

Las entrañas del circo: cuento negro

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Hola, queridos internautas,

aquí tienen mi último cuento. Nunca había escrito nada en este género, pero espero que les guste.

 

Las entrañas del circo

 

—Me miraré las manos. Estarán cubiertas de sangre, pero no de sangre mía. Mi don no me permite ver más que escenas cortas y breves en el tiempo, ni siquiera sé de quién será la sangre, pero una siniestra intuición me inquieta haciéndome creer que mataré a alguien.

—Señorito Harry, me asusta usted con esto que me cuenta.

—Lo sé, Gilbert. Sé que me aprecia pese a ser mi sirviente y es algo mutuo. Imagínese cómo estoy yo pensando en estas visiones tan extrañas, que me atacan en sueños como flashes.

—Me hallaba en mi sueño habitual de la tarde, costumbre que adquirí antes del té, estando en España de visita con mi padre cuando era niño. Era tan placentero disfrutar de mi siesta, como ellos la llaman, que no me di ni cuenta que la noche más oscura me asaltaba en ellos con su tenebrosa visión de mi futuro. Desde entonces, mi siesta no ha vuelto a ser la misma, necesitado de descanso como me hallo y me retuerzo en pesadillas entre sábanas de lino fino –expresó como lamento el caballero Harry Silverman.

            Tras un leve suspiro, que le dejó respirar, en un silencio algo siniestro, se dirigió a la carpa donde se distraía de sus obligaciones y preocupaciones de negocios.

—Vea, Gilbert, este circo lleno de maravillas y seres extraños, me hace sentir entre iguales, salvando las distancias y mi condición social, por supuesto. Pero estos fenómenos son seres con algún don: la mujer barbuda y gorda, el forzudo, el tahúr, el domador, los payasos, los funambulistas, el adivino; todos son entes extraordinarios con cualidades poco comunes. Por eso me he aficionado a venir a verlos a este gran circo.

—Pero, Señor, ¿no cree que ya resulta algo enfermizo venir tantas veces a la semana, todos los días? Me preocupa usted, señorito Harry.

—Pues no se preocupe tanto, Gilbert, es mi destino estar aquí, porque sé que aquí algo importante me pasará algún día y tengo que estar para saber qué es.

El caballero Harry Silverman calló como acostumbraba a hacer. No era hombre de muchas palabras, pero tenía que desahogar sus penas con alguien y Gilbert sabía también que los misterios del señorito Harry acabarían mal.

En los alrededores, se encontraron con el amigo del caballero, el lanzador de cuchillos, Mr. Pelman, que estaba preparando su número para la sesión de la noche. El señorito Harry sentía fascinación por los cuchillos y todo tipo de armas, como caballero que era de la reina, y Pelman la alentaba facilitándole participar en sus espectáculos. Era un verdadero escándalo social, como solía decir Gilbert, pero él era así, el señorito era sumamente extravagante y todos lo sabíamos.

Esa noche estaban todos probando sus actuaciones y Pelman, como de costumbre, le pidió al señorito Harry que participara en su juego. Lanzó un cuchillo y no le tembló el pulso como otras veces. El siguiente fue más cerca, pero no vacilaba, pero al tercero una brisa de viento muy fuerte lo desvió directo al corazón de Gilbert. El pobre anciano había caído redondo al suelo, conejillo de indias y compañero infatigable de las excéntricas aventuras del señorito Harry. La sangre de Gilbert manchó sus manos entre los sollozos del señorito, que acabó sentenciándose:

—Era mi destino ser un asesino.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 31 de mayo de 2012.