ASTRAL

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ASTRAL

 

Ayer asistí al cine a ver una película de Tim Burton, pero algo fuera del cine me llamó la atención: una gran lancha negra colocada en medio de la entrada y un letrero que decía ASTRAL. La verdad que no sabía de qué iba el tema. Era una lancha de goma de medio  tamaño. Sentí una gran sensación de inseguridad y temor si me montara en ella. No estoy ausente, sé cuáles son los problemas de este mundo y estoy concienciada con las desgracias de este mundo. Sufro, incluso lloro viendo estas noticias. Hoy día parece que estamos insensibilizados ante tanta noticia durante años y años, ya parece que nos da igual. Son extraños, extranjeros, que atracan a nuestras costas buscando una vida mejor.

Desconocía que Jordi Évole hubiera hecho un documental sobre las pateras y la inmigración y Astral es el nombre de un velero cedido por un millonario a una ONG para asistir en alta mar a los pobres y valientes hombres, mujeres y niños que se aventuran en el Mediterráneo, pagando una enorme cantidad de dinero tras vender todas sus posesiones (cabras, vacas, casas, tierras) para aventurarse en una lucha contra el mar y sus inclemencias, tormentas, remolinos, frías y gélidas, sin saber nadar, pasando frío, hambre, sed, miserias, abocados a la lucha por la supervivencia y enfrentándose a la Muerte más cruel, el ahogamiento o no resistir un viaje de Kilómetros hacia lo que ellos consideran el “sueño europeo”.

No puedo quedarme callada e impasible ante la muerte de miles de personas cada año. Es un drama, junto con el de los refugiados. ¿Me meteré en problemas? Seguro, pero ya estoy acostumbrada. Soy un ser humano y aunque no haya visto Astral, desearía verla, pese a que su crudeza me cause sufrimiento, debido a mi hipersensibilidad.

Como historiadora sé cómo es la navegación más precaria, enfrentarse al mar, en cascarones y las duras travesías que pueden perderte en un limbo acuoso o bien ir a la deriva y a la inseguridad de una posible muerte segura por inanición, sed, ahogamiento, tiburones o demás peligros. Hace años, cuando era adolescente, leí la magnífica obra “Relatos de un naúfrago” de Gabriel García Márquez, y era desolador y reconozco el gran talento de este admirado escritor por su manera de explicar cómo se siente un naúfrago y su desesperanza en alta mar. Yo, sinceramente, apenas he viajado en barco en mi vida, pero ya ir en Ferry para mi es aterrador e increíblemente mareante. No quiero imaginarme cómo sería para estas personas enfrentarse  a una patera o un barco que no tiene ninguna comodidad, si a eso se le puede llamar barco. Son pateras y el drama humanitario es que en ellas está muriendo gente, cuyos cuerpos son lanzados al mar tras su fallecimiento para recibir el cobijo de las frías aguas de su esperado camino hacia un ansiado futuro.

El peor drama es no ser rescatado, pero el llegar a tierras europeas es ya otra cosa, en la que no voy a entrar.

¿Qué pueden sentir estos seres humanos ante todo esto? Esperanzas, miedo, terror a la muerte, frío, hambre, sed, inseguridad, la aterradora realidad de no saber nadar, desesperación. Me conmovió cómo el otro día vi en las noticias cómo muchos se lanzaban al agua sin saber nadar -yo apenas sé nadar también. Es angustioso- porque venían en su rescate la Guardia Civil y las ONGs y otros organismos europeos. Esos hombres estaban desolados y desesperados por salir de esa lancha, días y días, a veces a la deriva, perdiendo la fe en la humanidad, pero agarrándose a la vida, con lo único que les queda, la esperanza.

Hoy están poniendo la película “Naúfrago” en la tele con Tom Hanks; aún recuerdo cuando la vi, incómoda en la primera fila, en un cine de la Gran Vía de Madrid en el 2001. Como detalle, el cine estaba a rebosar.

Creo que tengo una deuda pendiente con Jordi Évole (anoche le oí hablar de ello en su canal de televisión) y debería ver su documental, porque me ha removido la conciencia ver esa lancha negra colocada en el Multicines Monopol, donde la proyectan y conociendo la Historia de la Navegación de la Humanidad como la conozco me daría vergüenza ignorar algo así. ¡Gracias Capitán Évole, por ser luz entre tanta oscuridad! Tienes mi respeto y reconocimiento y espero que eso te sirva también.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 16 de octubre de 2016.

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