ESTÉTICA DE LA ÉTICA CONTEMPORÁNEA

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ESTÉTICA DE LA ÉTICA CONTEMPORÁNEA

 

No hace mucho me preguntaba un inocente niño, ahijado mío, por una palabra que había escuchado decir a los mayores y que él parecía desconocer por completo. Me dijo con una increíble, inusitada curiosidad intelectual, en una calurosa tarde de agosto, que en la calle había escuchado a unas mujeres mayores y en la plaza a unos ancianos debatir apasionadamente sobre el tema de conversación del día y que estaba en boca de todo el mundo.

—Madrina, ¿qué es la ética? –me preguntó-. Confieso que la pregunta me dejó perpleja, cómo explicarle a un niño de siete años un concepto tan abstracto, por supuesto todos lo conocemos pero el aplicarlo a ejemplos prácticos para que un niño lo entienda es complicado a veces. Tuve que ingeniármelas pese al notable cansancio y a que me hallaba de vacaciones para conseguir la suficiente información para instruir a tan despierto niño sobre semejante concepto, casi tan antiguo como la civilización occidental.  De este modo, deseché las interpretaciones rebuscadas que insignes filósofos habían hecho en el pasado sobre el citado término y la concreté en un concepto claro en sus orígenes y su significado para que pudiera entenderlo y luego realizar ejemplos en los que él mismo pudiera descubrir en la práctica qué es lo que en nuestra sociedad entendemos por ética. A su vez, le indiqué dónde debía buscar la información en su casa, recurriendo a un diccionario enciclopédico, cualquiera te sirve –le dije-. Al día siguiente me trajo la información que había recabado escrita en un papel y me dijo que lo había encontrado en un libro gordo, viejo y de color verde que estaba olvidado en una estantería de su casa y en el que nunca se había fijado con demasiado interés. Me confesó que había tenido ciertas dificultades para entenderlo pero que me lo había traído escrito para que le resolviera las dudas sobre lo que había leído. Esa era mi seria intención inicial como buena madrina, pero no pude más que esbozar una leve sonrisa cuando me contó la cara de sorpresa y confusión que había puesto su querida madre cuando a su pregunta de qué estaba haciendo le respondió: «Mamá, estoy buscando la ética».Y ella le respondió no con menos desparpajo utilizando su misma frase: «Hijo, la ética no se encuentra se aprende». Su madre estaba en lo cierto aunque en algunos momentos uno puede dudar de que exista al echar una sutil ojeada a como va el mundo y los valores que en él más destacan. Sin embargo, todo ser inteligente tiene conciencia del Bien y del Mal, que ha sido interpretado a nivel mundial de diferentes formas según las culturas. Esto significa que es mutable y que cambia con el tiempo pero a veces muy lentamente. No hacía mucho yo había pasado por una etapa dura y crítica de mi vida y me había dejado arrastrar por la corriente de un turbulento río sin notar la presencia, insensibilizada por el dolor, de las cataratas a donde me llevaba. No quería que eso le sucediera a nadie más y menos a él. Por eso era importante que mi ahijado no se dejara arrastrar por esa conciencia inoperante, que puede esbozar a veces una cruel y antiestética sonrisa de satisfacción ante la situación mundial y sus actuales valores éticos o hacia los problemas o sufrimientos ajenos, y que con su actitud este niño contribuyera a que no se arrastraran más almas inocentes hacia ese abismo de inopia e intolerancia social.

Mi niño había doblado el papel de forma cuidadosa como si su contenido escrito con letra torpe fuera un valioso tesoro para él, ¡había sido su descubrimiento!, sacado de polvorientos objetos arqueológicos, ¡en su propia casa! Al desdoblarlo y tras leerlo rápidamente, ante la impaciente inquietud del niño y sus grandes ojos abiertos de par en par, le pedí que lo leyera por sí mismo. Y precipitadamente empezó a leerlo, de forma entrecortada pero con voz clara y jovial: Ética (de la raíz griega ethos=costumbre, que corresponde a la latina mos, de la que deriva el término equivalente de moral), designa aquella parte de la filosofía que tiene por objeto ordenar los actos humanos (racionales y libres) con arreglo a un criterio teórico (ley moral) y con miras a la consecución de un fin (el bien). «A que es difícil de entender», -afirmó asertivamente una vez hubo terminado-. La verdad es que lo era, le dije que no se preocupara por palabras griegas o latinas y que se preocupara de lo que él entendía por ética según lo que había leído. Tras mi pregunta estuvo pensando un poco, releyendo bien lo que había enunciado antes en voz alta, pero ahora en silencio y reflexionando. «Bueno, ¿qué conclusiones has sacado de este concepto, porque sabes que un concepto es una idea y las ideas las genera tu mente pensando, y tú has pensado en lo que estabas leyendo, entonces qué es lo que has leído?» Volvió a quedarse pensativo esta vez más serio que antes y al final tímidamente y con cierta incertidumbre me dijo: «¿Cómo puedo saber si algo está bien o mal?» Tuve que decirle que se fijara en los demás y se guiará por su pensamiento y su corazón porque eso lo tenía que decidir por él mismo como ser racional y libre, ya que era responsabilidad suya. «Sigo sin entenderlo -replicó un poco ofuscado-, si me fijo en como actúan los demás y me guió por mi pensamiento y corazón no puedo saber si está bien o mal». «¿Por qué?», le pregunté intrigada por el oscuro motivo de tal razonamiento infantil. Me respondió: «Porque los demás a veces hacen cosas que yo pienso que están mal y me salta el corazón cuando las hacen y creo que es muy feo hacerlas». Esta respuesta infantil me dejó más perpleja que la pregunta de qué es la ética. No pude más que rendirme ante la evidencia cuando me contó lo que había visto hacer el otro día a unos niños en la calle. Según el improvisado periodista, al parecer un grupo de niños estaba jugando en un parque infantil y empezó una pelea por el turno en el columpio, así que uno de ellos le dio un empujón al niño que lo ocupaba y lo tiró al suelo sólo porque no le caía bien y los demás se empezaron a burlar de él y a contárselo a todos los demás humillándolo mientras el angelote caído lloraba desconsoladamente. Entonces me preguntó que cómo era posible saber lo que está bien y lo que está mal si ese niño porque no le caía bien el otro niño o le tenía envidia había pensado que era malo y había hecho algo cruel y violento con él como aquella escena que me había narrado. Empecé a recordar tantos ejemplos que había visto en mi infancia y que ese mismo comportamiento infantil e “inocente” yo también lo había visto en mis amigos “adultos” muchas veces, aunque más crueles e irresponsables –inconfesables-, ¡y yo le había dicho al pobre niño que se fijara en los demás! Triste dilema moral que resolvimos concluyendo él y yo en que sólo la razón, el corazón y las personas que tenemos por buenas podían indicarte dónde encontrar la ética, porque buscándola en semejantes ejemplos no parece que fuéramos a encontrarla en los últimos tiempos. Por eso decidimos lanzar el siguiente comunicado a la prensa: SE BUSCA. SE HA PERDIDO UNA NIÑA LLAMADA ÉTICA. DEBE HALLARSE UN POCO SOLA EN ESTOS MOMENTOS, SI ALGUNA BUENA PERSONA LA ENCUENTRA ROGAMOS QUE SE COMUNIQUE A LAS AUTORIDADES PARA QUE LO PONGA A DISPOSICIÓN DEL CONOCIMIENTO PÚBLICO Y DE SU PADRE QUE ES ESE SEÑOR TAN ALTO (señálese hacia arriba).

Lo más positivo de toda esa anécdota y a la vez lo más cómico, pues daña los ojos de los maledicentes niños antiestéticos, es que el niño que cayó del columpio se volvió a levantar, secó sus lágrimas y volvió a su turno en el columpio sin más cicatriz por el golpe que la que deja una operación de apendicitis, y pacientemente esperó de pie y sin inmutarse con más fuerza que nunca al corregir los errores de cálculo que le habían llevado a perder su silla por marcharse a Sevilla a operarse de apendicitis. Y en los sucesivos años, las veces que volvió a caer se volvió a levantar. Moraleja: quien la busque y la encuentre que la aprenda. ¡Más claro imposible!

 

En Las Palmas, a 19 de agosto de 2002.

ETIC

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