Archivos Mensuales: enero 2014

CHATS

Estándar

Chats

¡En la Era de la Tecnología podemos llegar a pensar que casi todo es posible y que no hay más Dios que el hombre! ¿Somos una especie arrogante? ¿Desafiamos a nuestros profetas? Todo depende de lo que cada cual crea. Hace un siglo, si me hubieran dicho que sería posible la comunicación a través de hilos a kilómetros de distancia y que se podría oír la voz de los que estuvieran al otro lado habría pensado que era un relato iluso, utópico, que habían inventado unos pocos con vocación literaria para imitar al insigne Julio Verne. Los que nacieron hace esas décadas han visto cómo este fenómeno crecía y alcanzaba cotas míticas casi como un relato de ciencia ficción de los que podían leer de pequeños en cualquier cómic. Pero si bien la comunicación telefónica es posible hace bastante tiempo, no estaba aún extendida en todos los lugares y casas de España. Es el logro de las mejoras de la calidad de vida, de la sociedad del bienestar, al aumentar el poder adquisitivo de los españoles e ir adquiriendo el país un mayor desarrollo industrial, tecnológico y mayor expansión del sector servicios cuando se han producido semejantes milagros de interlocución. Las mejoras económicas del monedero de los españoles han posibilitado que hoy se haya creado una dependencia entre los usuarios y un pequeño aparato al que llamamos móvil, porque podemos transportarlo fácilmente con nosotros como teléfono, cámara, ordenador personal, chat, videojuego, calculadora, reloj, calendario, agenda, conexión a internet. Con él han surgido nuevas necesidades de comunicación frente a las reticencias iniciales de algunos de sus detractores. Es espectacular el uso que de esta tecnología hoy se hace, ¡todos lo sabemos!, pero aún más interesante es el uso de los mensajes escritos abreviados que podemos leer a través de ellos. Y de ellos ha surgido un nuevo lenguaje o jerga coloquial que algunos incluso empiezan a estudiar. No sabemos aún las repercusiones reales que implican en nuestra sociedad, pero de seguro podemos augurar un crecimiento espectacular de la intercomunicación que no ha tenido parangón en otros tiempos de la historia, por su rapidez, economía y alcance. Ha permitido, entre otros casos, con la consigna del “Pásalo”, movilizaciones sociales masivas como las manifestaciones ocurridas a consecuencia de los atentados terroristas del 11-M de 2004 en contra de la actuación del gobierno español en la información de la investigación policial.
Sin embargo, pese a todos estos adelantos, hay una forma de expresión que me llama aún más la atención. Por las cuestiones que implica es más relevante como fenómeno sociológico en la cultura de la globalización el uso que hacemos del ordenador y de esa herramienta rápida de búsqueda de información y contactos que es Internet. Su historia se remonta a unas décadas pero es en los últimos 20 años cuando ha sufrido un desarrollo espectacular, paralelo a la democratización de esta tecnología, que usando de la manera de antaño, como sucedía con los teléfonos públicos, las casas de llamadas o locutorios que aún hoy perviven, están a disposición de todos, ya sea gratuitamente en instituciones públicas tales como bibliotecas, como de forma privada y arrendada a través de los cibercafés o locales de este tipo, pues permite así abrir esa ventana al mundo a los que no poseen ordenador personal o la conexión a Internet. Sin embargo, no debemos olvidar que en esta historia también hallamos muchos excluidos, millones de personas, que no sólo no tienen acceso a Internet, a un ordenador, a un teléfono…, a la comida, y por lo tanto a la supervivencia. La globalización implica la exclusión de los que no se pueden asomar a esa ventana que es la vida.
Es en este marco donde se desarrolla una de esas ventanas. Los entornos conocidos como chats, nos permiten charlar, hablar, parlar, “speaker”, con personas de diversas procedencias sociales, étnicas y geográficas. Sin duda, podemos elegir entre una enorme variedad de estos salones de la socialización. Pudiéramos pensar que son los émulos modernos de los casi extinguidos salones de té o las tertulias ilustradas que tanto proliferaron a doquier en el siglo XVIII, pero en absoluto tienen nada que ver. Quien entra o accede en un chat no debe esperar ser reconocido por su deslumbrante conversación, o sus temas de debate y discusión de corte intelectual. Es un fenómeno sumamente complejo, pero al acceder a tanta cantidad de lugares y personas debía crearse una manera de evitar que la privacidad de estos contertulios fuera vulnerada, agredida, su identidad copiada. Si bien la democracia garantiza nuestros derechos fundamentales también implica deberes y responsabilidades y es en ella donde entra la censura de internet, que actúa necesariamente sobre las salas públicas y recae sobre aquellos que infringen las normas de ese entorno. En toda sociedad se vive bajo unas reglas que toda persona o ciudadano debe respetar y cumplir, de ello se han encargado durante siglos la religión, la legislación civil y eclesiástica, y de su cumplimiento las autoridades o los Estados. Pero las empresas privadas como instituciones que establecen en su seno una jerarquía social también poseen las suyas y reprenden, juzgan y expulsan del Edén cibernético a aquel que las incumple.
Como las máscaras venecianas o los disfraces de máscaras de los Carnavales más tradicionales y más anónimos que los de hoy en día, nos acercamos a Internet con una identidad encubierta. Y en ella se aplaude la originalidad del librepensante que se esconde tras ella y da nombre así a los deseos, sueños, aspiraciones y ego del que comunica y da una cara e imagen de éste al que lo recibe. Si en los Carnavales se confunden las identidades, los sexos, los rasgos físicos, las personalidades, las procedencias, si éstos modifican la realidad y crean espejismos entre los participantes de las carnestolendas, los usuarios de Internet inician un juego, o más bien, un pulso de ingenio en sus trajes y en su lenguaje, que transmiten una imagen desvirtuada de la realidad circundante. Si la impostura está presente en las fiestas, en el que miente, en el que bebe, en las modas, por cuanto transforman a su usuario, y se sucumbe ante la imagen, como elemento de socialización, es en Internet, y en concreto, en los chats, donde genera mayores estragos. Ante la soledad, el animal social se embebe de una atmósfera artificial que le encandila, que le transmite la sensación de comunidad, que le permite transmitir emociones, creencias, opiniones, y como decimos popularmente, «…tirar una piedra y esconder la mano». No podemos cometer el error de pensar que al ser una microsociedad cibernética no es la réplica de la sociedad en la que nos desenvolvemos. A fin de cuentas ésta es un fenómeno artificial creado por el hombre en su gregarismo instintivo y varía según las distintas culturas, y para éste la comunicación y la reunión de la tribu en torno al fuego es fundamental para sobrevivir. Por lo que deben surgir nuevos lenguajes alternativos y medios de difusión que los transporten como vehículos de la palabra, de la risa, de la soledad, de la imagen, que son fundamentales para el conocimiento humano. Internet, y los chats, como foros de discusión, son esos fuegos, los antiguos hogares entorno a los cuales se reunían las familias, los amigos, los compañeros, para hablar de la vida cotidiana, de sus preocupaciones, de sus sentimientos, para bromear, para transmitir sus conocimientos. Pero el fuego, además de calentar quema. ¡Internet también tiene sus riesgos! Además, nos transmite la crueldad e intolerancia del que procede de realidades culturales antagónicas o del que vive al otro lado de tu calle y que no nos conoce. Para el que busca a otros por hallarse solo, si consideramos la soledad como una de las enfermedades del siglo XXI, también puede encontrarse –sensible con las relaciones directas y naturales- con el rechazo, el aislamiento o la ignorancia de los que frecuentan esas salas; aunque el impacto es menor, pues choca en impulsos eléctricos contra una pared de fibra. El usuario de los chats, el que los frecuenta, responde –según nos venden- al perfil de una persona solitaria, sedienta de contacto humano, y eso puede generar un problema de adicción a esa fría tecnología, que minimiza los sentidos, agudiza el ingenio, azuza nuestra malicia, quema nuestra vista y facilita la comunicación, en algunos casos la amistad, en otros, el amor, pero no pueden ser consolidados sin el necesario contacto visual, auditivo o físico. Internet se encarga de solventar los dos primeros a través de las web cam y de los auriculares, pero el mundo de las sensaciones físicas aún se escapa de su control. La pregunta que nos planteamos es: ¿avanzará tanto el estandarte de la globalización como para conseguir que el hombre cree sensaciones artificiales, cree un mundo virtual donde podamos sentir a nuestro interlocutor? Aldous Huxley en su mundo feliz en la década de 1930 lo previó en sus cines futuristas, ¿llegaremos a sentirlo algún día?
Si los seres vivos son los únicos que pueden sentirse, tocarse y estremecerse con una caricia, ¿llegará el hombre a crear esas sensaciones artificialmente?, ¿podrá una máquina reproducirlas? Entonces, deberíamos replantearnos qué es la vida y de dónde viene, qué son las emociones y quién nos dotó de ellas. Hace tiempo que algunos han reflexionado en extensas páginas escritas o discusiones religiosas, políticas, científicas, psicológicas,… sobre este tema, e incluso han utilizado las imágenes como transmisores más eficaces de sus pensamientos. ¡Otra vez las tecnología audiovisual! Shakespeare no debió escribir en su obra: «Mi reino por un caballo», pues en aquella época el transporte era fundamental como medio de difusión de mercancías, de ideas, de información. Hoy diría: «Dadme una imagen y dominaré el mundo»; pues en parte esas carencias pasadas se hayan solventadas con una mejor resolución. El cine se ha convertido en una herramienta de difusión comercial, en un arma política, en una bandera de conquista para algunos, en un eficaz sermón para otros, en un entretenimiento para la mayoría. Un ejemplo de ello es la obra de los hermanos Wachosky y sus tres películas tituladas Matrix, donde el hombre en un futuro desconocido estaba supeditado a un sistema informático del que dependía para subsistir y al que retroalimentaba, que lo mantenía en un entorno artificial que recreaba una sociedad que nos es conocida, en la que interactuaba con otros humanos a los que creía conocer y sentir, y que reproducía las sensaciones de un mundo real casi extinguido. ¿Será todo una mascarada, una ilusión, un espejismo, una utopía?, nos invitan a pensar estos creadores. Pero al final eran liberados por un héroe, que evoluciona a lo largo de la historia, como lo hace un niño a la vez que va madurando y creciendo; un hombre con poderes que superan las barreras tecnológicas, que supera lo conocido, un Mesías, sin padre conocido, un líder, que antes se hallaba solo y es encontrado por otros que son como él y hacía tiempo le buscaban y le habían mitificado. Éstos se disfrazan para entrar a ese mundo virtual ya que proceden de otro mundo subterráneo –enclavado en las entrañas de la madre Tierra-, al que ayudan en comunidad tribal para conseguir de nuevo la supremacía del hombre sobre su creación, la máquina, que como inteligencia artificial les sometía. Pero al final, como ocurre con su antecesora Terminator, entre otras tantas historias reproducidas por el cine –recientemente lo hemos visto en la trilogía de El señor de los anillos-, es el hombre el que somete con su esfuerzo a su creación, a su otro yo. El hombre convertido en el Bien destruye el Mal que él mismo había generado. El hombre reflexiona sobre el Bien y el Mal en cada acto que hace, en cada pensamiento. Y achaca su existencia a una creación divina, que está por encima de ellos, que los somete a su voluntad superior, mediante su liderazgo, y que no alcanzan a comprender, al que algunos no se cuestionan, al que otros niegan, pero a ninguno pone de acuerdo. Y es que somos diversos, pero aún no tenemos respuesta para todo ni para todos.

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