Archivos Mensuales: junio 2013

La tejedora de sueños (2)

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A petición popular se me ha ocurrido una historia que no sé si les gustará, pero aquí está, con un poco de romanticismo para esta noche de verano, porque a veces se nos olvida la magia de los primeros amores, de los primeros encuentros, de los sueños adolescentes:

Ella bordaba con sus finos dedos blancos, las punteaba con hilo de plata en un paño azul intenso, oscuro, de un matiz gris marengo y ese color tan feo no dejaba de quitarle belleza a la escena que ella formaba en su mente y dibujaba arriba cada noche. Noches de penas y soledades, de frío veraniego, inusual en aquella tierra de volcanes y extensas playas de arena blanca. Suponían los que la veían cada noche bajo La Luna que era una solitaria muchacha que soñaba mientras miraba al cielo allí en las sombras. Ella no sabía más que respirar entre suspiros y mirar las estrellas y en sus manos guardaba la inmensidad del Universo recreando un encuentro mil veces visto en los astros. Así pasó un año, las miraba desde el balcón de su casa, desde el parque y se recogía en su casa a medianoche como la Cenicienta. Una noche tuvo un extraño encuentro con un joven que paseaba a su perro, llamado Faycán, que olizqueaba entre los zapatos de la joven a ver qué secretos guardaba su olor. La muchacha se sonrió y lo acarició con cariño, él parecía intuir algo especial en ella. ¿Qué buscas tú, truhán? –le dijo riéndose. Su dueño le respondió desde unos metros más allá: A lo mejor te buscaba a ti –dijo sonriéndole coquetamente. Los dos se rieron.
-Pero, ¿qué podría buscar en mí? –le preguntó ella inocentemente.
-No sé, -le dijo-, es un perro muy listo y sabe buscar lo mejor de las personas, es como si lo intuyera y yo me fío de él siempre. Es mi fiel escudero –le dijo pícaramente.
-Umm, entonces tú serás un caballero de brillante armadura, ¿no? –siguió ella la broma.
-Podría serlo, sí, señorita.
-Eres muy simpático, o eso parece, aunque no sé, no me fío, no te conozco.
-Bueno, yo suelo pasear a menudo por aquí y te he visto varias veces, siempre estás mirando la estrellas. ¿Qué buscas en ellas?
-Sí, me gustan y quiero ser astrónoma y estudiarlas y mirarlas siempre y descubrir los secretos que nos depara el Universo.
-Vaya, parece ser un bonito sueño el tuyo –le guiñó un ojo mientras se lo decía.
-Ayyy, suspiró ella, sí podría ser un sueño que es eterno pero el tiempo pasa rápido y lo anhelo tanto que cada noche juego con las estrellas a adivinar mi destino.
-Es un sueño muy romántico.
-Sí, en fin, espero verte otra noche.
-¿Y por qué no otro día? Mañana, te espero a las cinco en este parque y damos un paseo con Faycán y seguimos charlando, porque ya es tarde.
Ella miró su reloj y ya caía la medianoche:
-Uy, sí, es cierto, ya es tarde y mañana tengo que levantarme temprano y hacer muchas cosas, porque siempre estoy atareada, pero me encantaría verte mañana.
-Hasta mañana.
-Hasta pronto.
Ella se detuvo y miró por última vez las estrellas esa noche y supo que aquel encuentro mágico que tanto esperaba se había producido, el del primer amor, pues el corazón le latía fuerte y su pulso estaba acelerado y tenía una cita y algo le decía que era éste el momento.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 26 de junio de 2013.

La tejedora de sueños

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Una noche Lucila salió a pasear bajo la Luna llena más grande que podían haber visto sus ojos a sus 16 años y miró al cielo inquieta sin dejar de sentir cierto escalofrío en este inusual verano helado. Arriba titilaban con su llama fija las estrellas más brillantes del universo conocido. Alguien le había contado que si miraba al cielo una noche estrellada podría adivinar su futuro. Los astros nos acompañaban hasta los albores de la eternidad, desde el más oscuro de los tiempos, y había personas hábiles que podían dibujar imágenes en esos luceros. Ella no los conocía pero, mientras los miraba, encontraba imágenes amigas, imaginaba que eran los sueños, los deseos más profundos los que arriba se manifestaban, para luego acontecer tiempo después en las vidas de los isleños. Esa noche vio a un hombre entre esas estrellas y una joven le daba la mano. ¿Sería él, tan adorado y esperado? A partir de ese momento Lucila comenzó a mirar hacia arriba siempre cada noche y ese verano tejió en sus sueños una historia de amor, entre las que las estrellas y los dos amantes tenían mucho que ver. Lucila no sabía cómo terminaría, pero sabía que empezaba con un encuentro, lo leía allá arriba y, mientras lo soñaba en sus visiones despierta cada noche, Lucila era muy feliz, pues tenía la intuición de que algún día sus tejidos de estrellas llegarían a cumplir su promesa, pues punzada tras punzada, uniendo estrella con estrella, movía su dedo y dibujaba una escena, embobada por un sueño eterno mediante el cual escapaba de su realidad.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 19 de junio de 2013.
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