Extraña dualidad

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La luz del Sol ciega mis ojos cuando miro hacia arriba, dilata mi pupila, me hace más sensible a la oscuridad que acompaña a mi vida desde hace unos años, la del naúfrago perdido en la más solitaria y tranquila playa. Aquel refugio del marginado, del que busca paz, del que ha sufrido en la vida muchos reveses y ha sobrevivido a todo un hundimiento. Esa luz es una guía hacia lo desconocido y se aventura hasta la playa cada mañana con inusitada insistencia atrayendo mi mirada cansada y desnuda ante la realidad. Es el foco que ilumina la senda, es el foco de lo que se expone y se quiere guardar para uno mismo en el fondo de mil llaves en el corazón, es el delator astro que te hace girar entorno a él denunciando toda sombra, refugio del que intenta acogerse a temperaturas menos elevadas al fresco de un palmeral. La luz y la sombra, binomio inseparable, yin y yan de una misma moneda, la realidad más pura y descarnada, las dos caras de Jano, la temible y poderosa lucha entre Bien y Mal y la inversión de papeles, una hoja en blanco, una segunda oportunidad, o una mancha oscura y que nunca se borra. ¡Extraña dualidad! Temo a la luz tanto como a las sombras que me acechan, por eso tomo el Sol unas horas en la playa y luego me refugio en mi gruta del ermitaño, caracola y casa de un errante ser, que camina y deambula por la vida hacia delante, porque el recuerdo del atrás es doloroso y el mañana se presenta… ¡NOOOO, otra vez esa extraña dualidad!

En Las Palmas de Gran Canaria, a 14 de febrero de 2013.

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