Un cuento de Navidad

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UN CUENTO DE NAVIDAD

Ana estaba sola ante el gran árbol de Navidad. Este año faltaban algunos en la familia y había pocos regalos, pero Ana esperaba con ilusión que fueran las doce de la noche, como cada año. Había sido un año duro de crisis económicas y despropósitos, pero se consolaba pensando que el año que entraría sería mejor, como le decían todos. Ingenua, pero escéptica, Ana hacía que se lo creía, pues tenía que intentar ser positiva para no amargarle las fiestas a los demás. También le habían dicho que se acabaría el mundo el 21 de diciembre. Las teorías más disparatadas habían corrido por todo el planeta, marcianos o extraterrestres pululaban en muchas imaginaciones fértiles, además, de meteoritos y demás supersticiones, pero Ana no se dejaba llevar por estos presagios de mal augurio y se permitía el lujo de bromear con el tema y de mandar mensajes positivos para un futuro cercano.
La vida era realmente complicada a veces y esta jovencita lo sabía bien. Su padre se había quedado en paro hacía ya cuatro años y no encontraba trabajo y la familia vivía de subsidios cada vez más escasos y más difíciles de conseguir y a la vez hacían lo que podían, casi milagros con la comida y lo básico para subsistir, incluso trabajillos que cobraban en negro les permitían poder seguir viviendo, aunque no sin cierta incertidumbre diaria. El vivir día a día mientras veían mermados sus ingresos, su poder adquisitivo y su vida en general era realmente estresante y los nervios estaban a flor de piel muchas veces, generando conflictos entre ellos y con los demás. Ana era la dulce luz de aquella casa, siempre sonriente y luchadora, no dejaba que la vencieran los atropellos que sufrían a diario, pues el pobre no tiene medios para defenderse y menos aún en un mundo en retroceso evidente hacia realidades más poco hospitalarias y que les alejaban del antaño bienestar reinante. Esta Navidad Ana había pedido con mucha ilusión que la suerte atrajera por medio de las energías del Universo hacia ellos algunas bendiciones, tal como había leído en un best seller; soñaba con el Gordo de Navidad o con que simplemente su padre consiguiera un trabajo. Su madre se partía la espalda trabajando duramente limpiando suelos y casas de conocidos y gente más pudiente y eso ayudaba a reflotar un poco la economía familiar, pero no llegaba a mantener a sus cinco hijos, tres de ellos mayores de edad y en paro, incluso uno con familia, a la que también mantenían ellos.
Ana era la hija pequeña y de ella se esperaba que fuera la alegría de la casa. La joven intentaba portarse bien, aunque a veces no podía conseguirlo y se rebelaba con rabia contra las circunstancias. Intentaba ser aplicada pero no siempre conseguía lo que se proponía, dura enseñanza que todos aprendemos en la vida, pero al menos todos se esforzaban con listeza para llegar a fin de mes y sobrevivir; ésa era la palabra consignada en esta familia como nueva programación neurolingüística y que antes era de clase media y ahora estaba rozando el umbral de la pobreza. ¿Qué le regalarían por Navidad o por Reyes? Ana no había pedido nada más que un pintalabios y unas sombras de maquillaje, pues era coqueta y estaba tonteando con Pedro en su clase. Quería estar lo más mona posible para que el jovencito le hiciera caso, pero tenía que competir con otras chicas más avispadas, pues la tierna niña era algo inocente y Pedro un joven alocado. Solo buscaba su primer amor mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba ante la cruel realidad.
Su padre se había pateado toda la ciudad en busca de trabajo, echando currículum por todas las empresas, polígonos industriales, se conocía todos los portales y medios de internet de empleo, todas las instituciones, pero nada le había salvado del abismo de la desolación de una situación que parecía convertirse en una pesadilla, pues el peso de la responsabilidad de mantener a una amplia familia recaía en sus cansados hombros. Sergio ya era un hombre maduro entrado en los 60 años y esa edad era un impedimento en un mercado laboral inflexible e injusto que no valoraba la experiencia y la falta de formación y ni siquiera el exceso de estudios era ya una moneda de cambio en el mercado de trabajo, cada vez más exigente y más pazcuato. El drama familiar se mascaba cada día cada vez que Sergio llegaba a casa o recibía un nuevo no como respuesta, si es que se dignaban a rechazarlo, pues ¡eran tantos los candidatos y tan escasas las oportunidades! Y los años pasaban para él sin haber cotizado lo suficiente para una digna pensión. Se mordía las uñas del estrés y su pelo se había caído en parte, y vuelto completamente blanco, el poco que le quedaba ya. Sus hijos y sus dos nietos eran muy jóvenes y encontraban trabajos temporales muy mal pagados y en pésimas condiciones y tenían que buscar una salida a todo este desbarajuste y como sus abuelos tendrían que emigrar a Alemania o América para buscar nuevas oportunidades, porque la patria ya no les acogía en derechos ni en bienestar.
Este año la Navidad estaba siendo tensa y extraña. Algunos pasaron de celebrarla, amargados como estaban de su angustiosa situación; otros, querían divertirse simplemente, para olvidar las penas, y Ana, la joven chiquilla de ojos negros arrullados por grandes pestañas, miraba a todos con algo de ingenuidad y preocupación a través de su alocada visión de la vida, y movida por la extraña felicidad del adolescente y por una curiosa luz interior cantó en torno al árbol una pegadiza canción de paz y amor de Navidad con una suave vocecita que demostró su fortaleza a medida que cogía confianza. Su calor atrajo a los miembros de su familia, que por un momento olvidaron las penas, mientras comían frugalmente lo poco que caía en sus manos, pues apenas quedaba ilusión ni dinero para tirar la casa por la ventana como antaño, pero, esa noche, Ana les iluminó con la luz de la esperanza pues ella les decía que el año que viene sería mejor, que si era necesario trabajaría como su madre para ayudar a la familia y raspar unas monedas más para la cesta de la compra mientras proseguía con sus estudios en el instituto público de su barrio. Todos la creyeron o quisieron creerla y vieron en ella el valor de quién se enfrenta sin temor al futuro, propio de la inconsciencia de la juventud pero que demostraba que no se rendía ante la adversidad, recibiendo una valiosa lección. Todo lo que hiciera falta se haría, todo lo honrado que fuera posible sería necesario hacer y si era necesario emigrarían para no separar a la familia, pero el futuro se abría camino a bocados y debían seguir su senda, pues el presente no era un lugar cómodo, el futuro no podía seguir por el mismo camino. Esa nochebuena lo vieron claro, pues quizá la luz de una jovencita les había iluminado con la voz de la esperanza.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 26 de diciembre de 2012.

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