MONÓLOGO INTERIOR ANTE LAS CRISIS

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MONÓLOGO INTERIOR ANTE LAS CRISIS

 

Si siento estrés es porque la vida se precipita rápidamente ante mis ojos y casi no puedo seguirla. No dudo que la vida es compleja pero a la vez tiene un toque de simpleza y sencillez si la reduces a lo esencial: la salud, el amor y la supervivencia diaria, pero un futuro tiene que abrirse camino y parece que todas las puertas están cerradas por ahora. Cruda realidad la de un grito al unísono que dice: ¡Justicia social ya! Se han perdido muchas cosas por el camino. No, no las he olvidado, me las han arrebatado y no sé si las recuperaré algún día y eso me angustia, me estresa.

            El día a día se complica y si no sabes llevarla al pulso puedes sentir los efectos de una realidad insatisfactoria para ti mismo, y, de paso, para la mayoría. La supervivencia se hace difícil y el corazón me palpita con más aceleración cuando pienso en lo que implican los cambios. No, no me resisto a ellos, pero estoy en desacuerdo con algunos que como humilde mortal también me perjudican. La separación entre los que tienen y los que no, entre los que pueden y los que no pueden, es abismal y cada vez se agranda más. No sé qué pensar porque el futuro que vislumbro es incierto. Solo veo una nube donde debería haber un claro de luz. No veo el camino pero he elegido uno, que quizá sea el más acertado o bien será otra aventura frustrada por las circunstancias. Tengo la libertad de viajar fuera de mi tierra, pero las raíces me agarran al suelo y los recuerdos, algunos muy dolorosos, y volar no es tan fácil como algunos creen, pues ni Ícaro pudo llegar al Sol, ¿podré yo si acaso llegar aunque sea a la parada de un futuro decente, sea donde fuere? Mi esperanza es que sí podremos, mi razón me dice, sé prudente, pues nada podemos conseguir frente a la fuerte oposición que te arrebata todo lo básico para vivir y dentro de poco también la libertad de elegir.

            Me invade la incertidumbre cuando pienso en primera persona, y cuando pienso con mente comunitaria, como el enjambre, no es jalea lo que saboreo ni miel de la colmena, sino más bien un amargor que me acidifica el estómago, pues el estrés acierta a derrumbar hasta el más alto, el más gordo, y, sobre todo, hasta el más pobre desdichado cuyo destino se torció, hace ya tiempo, en una encrucijada donde no pudo elegir, donde se le impuso desde arriba, donde se le desmembró para evitar la unidad, para evitar la fuerza y aquí estoy, resistiendo ante la adversidad como desde hace años hago con la fortaleza que me caracteriza, pero sin temor, con valentía, como debe afrontarse todo mal que cierne sobre nuestras cabezas como espada de Damocles, cruel espera que me arrebata el sueño o los sueños y las ilusiones. Yo no me rindo, pero ¿y tú, lo harás?

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 15 de noviembre de 2012.

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