Rousseau y su Emilio: un estudio sobre la educación y su historia

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 He rescatado del olvido este trabajo universitario sobre la educación en el periodo de la Ilustración, ahora que está en peligro nuestra educación pública. Este autor y ésta época sentaron las bases de la educación moderna, pues aunque parezca increíble en épocas anteriores no se contemplaban todos estos aspectos que hoy día consideramos tan importantes y naturales en la educación y en la relación con el niño. Como explico en mi trabajo, este autor es clave en esta etapa de nuestra Historia, tanto filosóficamente como históricamente, como en el campo de la educación y no será la única obra que compartiría con nosotros al respecto.

ROUSSEAU Y SU EMILIO

 Auxiliadora Rodríguez Suárez

 Historia de la Educación

 

La obra pedagógica de este autor debe enmarcarse en la época de la Ilustración (s. XVIII) en la que vivió.

Muchos autores vislumbran que en esta época hay un cambio de mentalidad que se va a traslucir en la educación. Es decir, anteriormente sólo contaba el linaje a nivel familiar (familia extensa) y en esta época se impone la llamada “familia nuclear”, dentro de la cual, el niño es cada vez más querido, al menos en las capas medias y altas de esta sociedad, las que podían dedicar más tiempo a sus cuidados y educación. Quizá podamos entroncar este cambio de mentalidad dentro del movimiento ideológico-cultural “revolucionario”, que resultó ser la Ilustración, con ese concepto básico de igualdad, así como los de libertad y felicidad, que se va a traslucir en parte a la relación entre educador y alumno, como observaremos en Emilio.

Ante esto, el niño se considera ahora como un individuo, su educación y bienestar se convierten en preocupaciones nuevas para los padres en los medios acomodados. Esto es patente en las obras de arte y en las literarias, -así como en los estudios sobre la vida privada de la época-, como ocurre dentro de las segundas con el Emilio de Rousseau, que si bien contempla este aspecto, aún discrimina por sexos, según manifiestan algunos estudiosos.

En ese primer aspecto artístico, encontramos numerosas muestras de ese nuevo y floreciente cariño a los que alguien, de cuyo nombre no me acuerdo, o no quiero acordarme, como decía Cervantes, denominó como “esos pequeños locos”, “esos pequeños genios”, “los que a menudo se nos parecen”, como dice la canción de Serrat. Y ese parecido tiene algo que ver con la labor del educador. Si nos retrotraemos a estas fuentes artísticas pictóricas, encontramos hermosos y entrañables retratos de esta “felicidad familiar” convertida por entonces en un valor. Incluso, en esta época proliferan los retratos infantiles, tanto individuales como en grupo, tan contrarios a los que pintó Velázquez de los niños pobres y mendigos un siglo antes. En esta línea, es de destacar que en los hogares de estas capas sociales se dispone por entonces de un espacio especial para ellos, para sus juegos y las lecciones del preceptor, antes no visto.

Sin embargo, y por desgracia, ese concepto de igualdad no fue aplicable en su época y ni aún hoy lo es, pues los niños pobres no tenían, y no tienen en el caso de muchos países llamados tercermundistas (sin tener en cuenta que en Europa se estuvo y se está en poblaciones marginales, como algunas gitanas, al mismo nivel), una educación y cuidados, tanto familiar como escolar o “académica”, y en especial para las niñas y mujeres (a menudo asimiladas a la condición de niños y esclavos en tiempos pasados y actuales). A los cuales se sometía, y somete, a trabajar duramente y se les reducía, o reduce, a lo que nuestros padres y abuelos llamaban las “Cuatro Reglas”, y aún ni eso. Ante estas circunstancias veremos cómo estos derechos de igualdad, y de educación, serán reclamados en la Francia de Rousseau durante la Revolución (1789-1799), puesto que, como menciona Bowen, se confía en el gran poder de la educación. Pero la extensión de la escolarización en los siglos XVII-XVIII siguió siendo una operación limitada, aunque lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XVIII se plantean cambios importantes1. Según Moreno, Poblador y del Río, aparecerán los enciclopedistas que criticarán duramente la educación y organización de las escuelas -entre los que se encontrará Rousseau-, preconizando una escuela nacional, laica, científica y natural.2

El tema que nos ocupa es el del papel del educador, a través de la obra de Rousseau, que compararemos o referiremos al existente en otras épocas, o para llegar a su mejor entendimiento, puesto que Rousseau no fue el primero en tocar este tema, o para ver las repercusiones que tendrá, como ocurre en Pestalozzi y otros.

BIOGRAFÍA

 

Son increíbles los paralelismos entre la vida de Rousseau y la ficticia de Emilio, como más adelante constataremos. Esto puede explicar la génesis de esta obra.

Jean-Jacques Rousseau nació en 1712, de origen humilde. Su madre muere en el lecho de parto. Su padre, Isaac, de origen hugonote, es relojero. De su padre recibiría una desordenada y extraña educación. Estuvo siempre enfermizo y tuvo muy poca educación escolar, y fue en gran parte autodidacta. Su padre lo abandonó y es recogido por un tío materno que lo envía junto con su hijo al campo, a casa de un pastor calvinista.

De diez a doce años, es sometido por primera y única vez a una disciplina escolar. Este pastor le enseñó latín y otros principios básicos. Durante una serie de viajes y vicisitudes su afán insaciable por los libros le lleva a leer todo lo que cae en su mano y gasta su salario en alquilar libros. Asimismo, tiene sus primeros escarceos amorosos.

Se dedicó a la pedagogía (preceptor) entre 1734 y 1736, sin grandes resultados.

Hacia 1745 intima con una criada de 25 años y analfabeta, Thérèse Lavasseur, que se convertirá en su compañera y madre de sus hijos, a los que abandona en el hospicio. Esto será algo que le recriminará Voltaire, tachándole de hipócrita.

En 1754 escribe la primera versión de Emilio, que es prohibida en Francia; y entre 1760-1761 redacta otras dos versiones

Piensa que todo el mundo le espía y le vigila, como lo consigna en sus Diálogos y de esta manera fallece el 2 de julio de 1778.3

 

 

EMILIO O DE LA EDUCACIÓN

 

ROUSSEAU ya nos apunta en el prefacio de esta obra su objetivo: hablar de la buena educación, pues «desde tiempos inmemoriales, no hay otra cosa que un clamor contra la práctica establecida, sin que a nadie se le ocurra proponer otra mejor» (p. 28). Su idea no es la meramente filosófica, sino que contempla el arte de formar hombres.

Dice que no se conoce nada de la infancia. Esta idea podría estar en relación con la suya propia y sus vicisitudes. Lo curioso es que él mismo cae en el “pecado” de ese desconocimiento, pues su acción de dejar a sus cinco hijos en el hospicio no dice mucho a su favor. Dice que lo que se hace en su época es buscar siempre al hombre en el niño, sin pensar en lo que es antes de ser hombre. Ese es el estudio al que dedica su obra, aunque reconoce que su método pueda ser quimérico y falso; dice que podrían ser aprovechadas sus observaciones. Lo primero que debería hacer un maestro, dice, es estudiar mejor a sus alumnos, previendo así que el alumno es único y que debe ser estudiado para poder enseñársele, y que así aprenda según sus propias palabras; se trataría de un tratado de educación para padres y madres, pero a lo largo del libro demostrará que no es realmente lo que pensaba. Para ello, antes debiéramos aplicar la máxima de Sócrates: «Conócete a ti mismo».

Propone dos principios básicos en su prefacio para la educación: que se adapte y sea conveniente al hombre y al bien de su corazón. Asimismo, la mayor o menor facilidad de ejecución de las circunstancias particulares, del país, de la clase social, del alumno. Sin embargo, esto último no entra en su tema. Esta obra debe servir como modelo de reflexión de una educación que pudiéramos considerar como ideal, pero él no se ocupa de su aplicación en la práctica. Esto podría deberse a sus propios fracasos en la práctica educativa.

Es curioso, y significativo de su formación, que las explicaciones de las figuras (p. 31) se refieran a la mitología griega, ejemplificando metafóricamente sobre los temas que se tratan en cada uno de los cinco libros, dividiendo las etapas de enseñanza-aprendizaje por edades.

La Figura I representa la primera etapa de la enseñanza: el niño de pecho. En ella una madre tiene gran importancia. En este caso, Tetis con Aquiles. Este papel maternal será un tema recurrente en pedagogos posteriores; por ejemplo, Pestalozzi, Fröebel, las hermanas Agazzi, etc.

Figura II: se representa al tutor de la infancia (años 2-12), en una enseñanza basada en los ejemplos, en la naturaleza, esencialmente sensorial y física; en este caso, Quirón con Aquiles. Es decir, Rousseau y Emilio.

Figura III: representa la ciencia empírica, la enseñanza de los oficios, el aprendizaje mediante el descubrimiento (12 a 15 años). En este caso, con Hermes, dios de artesanos. Podríamos decir que el educador ejerce el papel orientativo y el alumno aprende descubriendo.

Figura IV: representa la educación moral y religiosa (15 a 20 años). En este caso, mediante Orfeo, que enseña a los hombres el culto a los dioses. Esta educación está infundida por el educador.

En la Figura V representa el contacto con la mujer, es un tratado de educación esencialmente masculina. Representa los valores del matrimonio, la buena esposa, y el aventurero viajero, así como un desenlace final, óptima consecuencia de la madurez del hombre. En este caso, a través del mito de Circe, Ulises y Penélope (La Odisea, Homero). Podría expresar metafóricamente los engaños de esta vida, los viajes errantes que enriquecen al hombre de conocimiento y el papel de la esposa siempre fiel y centrada en su hogar, mostrando un ejemplo de su propia vida que fue bastante errante y su mentalidad que discrimina, en parte, a la mujer.

Éste es esencialmente el contenido temático de la obra, pero requerimos, para su mejor compresión, un resumen de la misma.

 

Emilio, nacido como criatura pasiva y receptiva, es la criatura en la que su maestro experimenta su método pedagógico. El alumno va animándose a medida que aquél (Rousseau/maestro) le va desdibujando por etapas. Huérfano y de familia rica, crece lejos de las aglomeraciones urbanas sin más guía que su voluntad y las leyes de la Naturaleza; más en contacto con las cosas que con los libros, al contrario que el sistema educativo de la época, con la única referencia de la historia escrita de Robinson Crusoe. Se le encomienda aprender un oficio, como el de carpintero, hasta que se da cuenta de que espontáneamente, por instinto -comparable a la teoría de Pestalozzi- (uno de los principios de Rousseau, en este caso en materia pedagógica, que creía en la naturaleza del hombre aplicable a este concepto), surgen en él los sentimientos morales, sociales y religiosos.

Entonces se enamora de Sofía, a la que encuentra por un ardid de su “maestro”, la cual ha sido educada en el campo con la única finalidad de hacer feliz a un hombre y de dedicarse a su familia. Su maestro le obliga a viajar durante unos años, aprendiendo con sus experiencias sobre personas, pueblos y estados. Sólo entonces, podría formar una familia con su compañera predestinada y dar así principio a una nueva sociedad.

Es significativo el hecho de que su obra se parezca mucho a su vida, así que es probable que como en su propio método expone basara su teoría educativa en su propia experiencia, así como en las numerosas lecturas que realizó durante toda su vida.

Para él, la educación se hace más por el alumno que por el maestro o preceptor, pero no en el sentido de razonamiento como apuntarían Sócrates o Locke, sino por el instinto, con lo cual el papel del educador será el de mera guía, como él mismo expresa en las páginas 54-55 y en la 107. Aunque Moreno, Poblador y del Río expresen que lo que Rousseau propone es la educación natural teniendo a la naturaleza como la verdadera y única maestra donde no es preciso que el educador intervenga, pues es una concepción autoformativa basándose en la naturaleza misma4. Pero, aunque es cierto que la naturaleza es instructora a modo de ejemplos, Rousseau deja clara la intervención, como guía, del padre, madre y preceptor o ayo, pues los deberes del hombre, única ciencia a enseñar a los niños, como expone en la p. 55, sólo podrían ser enseñados por el hombre mismo, exceptuando la etapa infantil donde los adultos estarían en segundo plano.

Otra cosa sería el concepto de orden natural, en el terreno de la educación, que Rousseau propondría, según Bowen, en una secuencia que recorre la naturaleza, las cosas, el hombre5, mediante la experimentación, el instinto, pero siempre guiado u orientado por el ayo.

Al hablar de las madres, lo que hace Rousseau es criticar las costumbres de su época, puesto que considera que el deber de la misma debe ser amamantar a su hijo y darle ternura, y no dejar su crianza en manos de una nodriza (pp.46-47); y no sólo por eso, sino porque el ambiente familiar se habría perdido -al menos para clases pudientes, a las que él se dedica- ese estado natural, es decir, esa responsabilidad de ser padres y madres y de encargarse o preocuparse de los hijos en su más tierna infancia, incentivando en sus hijos el preciado valor moral del amor filial a los padres. Esto podríamos relacionarlo con la propia biografía de Rousseau, carente de estos cariños y de ese sentimiento por sus peculiares circunstancias. En épocas posteriores veremos cómo el papel de las mujeres será determinante en la educación: en Fröebel, del cual Escolano Benito resalta que careció de cuidados adecuados en su infancia y que fue huérfano de madre, creando el “jardín de infancia”, donde las mujeres que formaban el profesorado proporcionaban afecto al niño6. Tiene eco en las hermanas Agazzi, al igual que en Pestalozzi, pues, de hecho, este último escribe su obra más famosa, Como Gertrudis enseña a sus hijos, dirigida a madres y maestros, sin duda imbuido en su propia experiencia infantil, pues su madre actuó como su afectuosa educadora, ya que él fue huérfano de padre. Aunque Lozano habla de que su experiencia nefasta en su propia educación le llevó a orientarse a facilitar la de los demás7. Todos ellos con clara influencia rousseauniana, directa o indirectamente, según destacan la mayoría de autores consultados.

No obstante, en este punto, y Rousseau es bastante claro, señala que el niño «será mejor educado por un padre juicioso y limitado que por el maestro más hábil del mundo» (p. 51), pues en realidad la verdadera nodriza debe ser la madre, y el verdadero preceptor, el padre; por eso, quizá presenta a Emilio como huérfano, para probar la efectividad de su método, ya que la obra está en función de su teroría educativa. Serán las malas costumbres las que perviertan el estado natural del hombre, la sociedad ideal de Rousseau que, según Bowen, se basó en La República de Platón, como el autor del Emilio especifica8. Rousseau llega a expresar algo que llama la atención: «Quien no puede cumplir los deberes de padre -entiéndase alimentar y educar- no tiene derecho a serlo» (p. 52). Esta frase y el contexto en que se adscribe dan lugar a la crítica que le hace Voltaire por hipócrita, ya que Rousseau abandonó a sus cinco hijos en un horfanato, lo cual nos da idea de que su obra, articulada al modo de tratado de educación, más bien guardaba una aplicación teórica y no práctica para él, puesto que expresa que no hay justificación posible para no ejercer la paternidad, contradiciéndose de este modo a sí mismo, pues no hay sustitutos del padre como preceptor.

Asimismo, expresa que el preceptor, un hombre, debe ser un “compañero de juegos” (p. 53), al modo que recuerda de lejos a los griegos o romanos. Coincide con Quintiliano en el punto en el que el maestro debe ser amigo de sus discípulos y ha de saber adaptarse al niño, pues, como dice Rousseau: «al alumno hay que tratarlo según su edad» (p. 109) y no como a un adulto, al modo como se hacía en su época y que él critica en su obra. Quizá esto deberíamos aplicarlo en el sentido que resalta Bowen de que el tutor, en la etapa de la niñez a la pubertad debe abstenerse de dar lecciones formales al niño que le aporten algún material cognitivo9, probablemente para no contaminarle de sus “defectos” adquiridos y preservar su “educación natural”, pero siempre bajo su control, porque si no sería un “niño salvaje”, o, demasiado vulnerable con respecto a los peligros que entraña la vida, como expresa en la página 79. Estas ideas las considera como cláusulas o condiciones fundamentales:

 

Emilio es huérfano. No importa que tenga padre y madre. Cargado con sus deberes, yo les sucedo en todos sus derechos. Debe honrar a sus padres, pero sólo a mí debe obedecer. Es mi primera, o mejor, mi única condición.

A ésta debo añadir otra que no es sino su secuela: nunca se nos separará al uno del otro sin nuestro consentimiento. Esta cláusula es esencial, y querría incluso que el alumno y ayo se considerasen tan inseparables que la suerte de sus días fuera siempre entre ellos un objeto común (p. 57) [Lo subrayado es mío

 

Estas ideas las extrae de la comparación que establece entre los niños del campo y los de la ciudad a la hora de aprender el lenguaje, con la madre, puesto que las campesinas no sobreprotegen y no atienden tanto a su hijo, como las amas de los niños de ciudad, por falta de tiempo, con lo cual el niño se ve obligado a aprender a hablar correctamente por necesidad, para sobrevivir (p. 84). Pero esto no excluye la intervención materna en el proceso, ya que los niños se supone que “copian” lo que oyen, pues -como expresa- el alumno debe ser educado y aprender mediante la libertad bien regulada, no debe recibir lección verbal, pues no aprenderá nada de memoria, ya que esto se convertiría en una emulación y/o erudición como sabemos que planteaba Quintiliano. Esto se debe a que pensaba que la lección debía recibirla de la experiencia y también que no se le debía dar castigo alguno, puesto que el niño estaba desprovisto de moralidad en sus acciones. Es decir, se basa en la teoría del “buen salvaje” aplicada al niño, o lo que es lo mismo, el salvaje visto como un niño o viceversa, según se aplique a otras etnias descubiertas en este siglo XVIII, o en materia educativa, al niño. Ésta es una concepción que explica el por qué es una teoría distinta a la referida por Quintiliano, pues éste no debía concebir al hombre de forma determinista como un ser bueno por naturaleza, al cual la sociedad corrompe, siendo por eso tan importante para Rousseau la tarea del educador. Esta idea es sobre la que gira toda su obra, como parece resaltar también Bowen.

 

En cuanto al salvaje, es distinto; no estando atado a ningún lugar, no teniendo ninguna tarea prescrita, no obedeciendo a nadie, sin otra ley que su voluntad, se ve obligado a razonar en cada acto de su vida; no hace un movimiento, ni da un paso sin haber considerado de antemano las consecuencias. De este modo, cuanto más se ejercita su cuerpo, más se esclarece su espíritu, su fuerza y su razón crecen a la vez y se extienden la una mediante la otra. (p. 149)

 

Visto desde esta idea, sus teorías pedagógicas se muestran más coherentes, aunque son un poco ingenuas. Por esto, explicamos el que desechase el aprendizaje en los libros en edad temprana, pues sustituyen a la experiencia y las sensaciones, pues nunca se debe mostrar al niño nada que no pueda ver, según él.

De esto podríamos deducir que Rousseau pretende que Emilio aprenda en la realidad y que esa realidad es la naturaleza misma, siendo inherente al desarrollo del ser humano de forma natural o correcta. A estas ideas se acercaban Pestalozzi y Fröebel. Este último consideraba que la educación debía conducir y guiar al hombre a la claridad con respecto a sí mismo y en sí mismo, a la paz con la naturaleza y a la unidad con Dios. De hecho, creía firmemente en la libertad y creatividad humanas, en la bondad natural del niño y sostiene que la educación, para que sea más efectiva, ha de basarse en las necesidades de éste10.

En la etapa de la adolescencia Rousseau orienta a Emilio en sus lecturas y contribuye a su desarrollo moral, siguiendo con ese papel orientativo.

En cuanto a las niñas y mujeres, representadas por Sofía, se las debe educar de distinta manera, pues son distintas, ya que sus trabajos son diferentes y por consiguiente los gustos (p. 491). Esta idea era habitual en la época de Rousseau.

Su educación debe ser dada por otras mujeres, preferiblemente en un convento, puesto que Rousseau creía que las costumbres adquiridas se perpetúan en la educación si no se cuida de que esto no llegue a ser así, con lo cual indirectamente reconoce que la mujer no es pasiva y débil por naturaleza, sino por costumbre o por enseñanza.

Así pues, concluimos comprobando que el papel del educador para Rousseau no es tal, sino que es de orientador o guía, aunque bajo esto subyace un control que lleva a desvirtuar esa “educación natural” que propugna, pues llevaría al alumno a donde él quiere que llegue, manipulando sus circunstancias para respaldar su teoría metodológica con el único fin de hacer una crítica social, aunque Moreno, Poblador y del Río vean este papel sólo como el de mero “coordinador de experiencias naturales”11.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

BOWEN, J.: Historia de la Educación Occidental. T. III. El Occidente Moderno. Europa y el Nuevo Mundo. Siglos XVII-XX. Herder. Barcelona, 1992.

 

ESCOLANO BENITO, A.: Historia de la Educación. II. La Educación Contemporánea. Diccionario de Ciencias de la Educación. Anaya. Madrid, 1985.

 

LOZANO, C.: La educación en los siglos XIX y XX. Síntesis. Madrid, 1994.

 

MORENO, J.M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D.: Historia de la Educación. Paraninfo. Madrid, 1986.

 

ROUSSEAU, J.J.: Emilio o De la educación. Alianza. Madrid, 1990.

 

VV.AA.: Diccionario de las Ciencias de la Educación. Vol. I. Diagonal/Santillana. Madrid, 1983.

 

VV.AA.: Diccionario de Ciencias de la Educación. II. Rioduero. Madrid, 1983.

1 BOWEN, J.: Historia de la educación occidental. Vol. III. El Occidente moderno. Europa y el Nuevo Mundo. Siglos XVII-XX. Herder. Bardelona, 1992. P. 226.

 

2 MORENO, J.M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D.: Historia de la Educación. Paraninfo, Madrid, 1986. P. 288.

 

3 Para esta biografía se han consultado un estudio preliminar de Jorge Carrier Vélez, contenido en ROUSSEAU: El contrato social. Edicomunicación, Barcelona, 1994. Pp. 7-21 y LOZANO, C.: La Educación en los siglos XIX y XX.Síntesis. Madrid, 1994.

 

4 MORENO, J.M., POBLADOR, A. y Del RÍO, D., op. cit., pp. 297-298.

 

5 BOWEN, J., op. cit., p. 249.

 

6 ESCOLANO BENITO, A.: Historia de la Educación. II. La Educación Contemporánea. Anaya. Madrid, 1985.

 

7 LOZANO, C.: La educación en los siglos XIX y XX. Síntesis. Madrid, 1994. P. 75.

 

8 BOWEN, J., op. cit., p. 248.

 

9 BOWEN, J., op. cit., p. 251.

 

10 VV.AA.: Diccionario de ls Ciencias de la Educación. Vol. Y. A-H. Diagonal/Santillana. Madrid, 1983. P. 669.

 

11 MORENO, J. M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D., op. cit., p. 300.

 

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