Una noche: análisis social

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UNA NOCHE

 

“De noche todos los gatos son pardos”, o eso dicen. Lo cierto es que de noche pueden suceder más cosas de las acostumbradas en una vital ciudad de provincias, en una capital o en una villa con cierta cantidad de población. Jóvenes, desde los 15 años algunos, mayores –no demasiado ancianos-, salen entre semana o los fines de semana para conocer la noche. El mundo de la noche confunde, y no repitamos la famosa frase, a muchos insomnes amigos de la fiesta y del oloroso hidromiel de los dioses; es decir, todo aquel al que le guste beber, tanto agua –no mencionemos a los pastilleros de los que hablaremos más adelante-, como bebidas refrescantes o mezcladas, o solas, con bebidas de alcohol, licores varios, incluso colores, sabores y olores cada cual más atrayente o repelente, depende del usuario.

De este modo, la noche no sólo sirve para recuperar los daños ocasionados por los cansados días de otoño e invierno y los calurosos veranos. El que no duerme vive un sinfín de experiencias, algunas limitadas por el alcohol a una simple vomitona, un mareo o un “vacilón” o alegrón fuera de lo normal. Otras, relacionadas con el mundo del flirteo. Hay que distinguir dos tipos: la “bestia nocturna”, es decir, el “lobo” o “loba” que salen para ligar con alguien del otro sexo y, en los lugares llamados “de ambiente” del mismo sexo, consiguiendo un “rollo” o una relación que con el tiempo podría ser más duradera. Para esto debemos pasar por fases o por una espontánea e instantánea situación. Y los otros, los que flirtean con las drogas. Si estos dos elementos o individuos son los que acostumbramos a ver debemos añadir una tipología intermedia. En ella incluiremos a todos aquellos que salen por divertirse, por bailar –especialmente las mujeres- y oir buena música, los que salen para poder beber o hacer cosas que entre semana no pueden hacer, pues, sin duda, la noche desinhibe a la mayoría de sus ataduras morales, de sus tabúes, de sus rutinarias y monótonas vidas, rigurosas en contraposición con el mundo nocturno, más permisivo y dinámico.

El ocio desde siempre ha sido una parte esencial de la existencia del ser humano, y, podemos pensar que no siempre ha sido así, sin embargo, desde que el hombre dejó de preocuparse de su subsistencia, cuando la sociedad evolucionó, y podemos hablar de sociedades ricas y de sociedades pobres, el hombre desarrolló formas alternativas de disfrutar de la vida, especialmente de su juventud. Sin embargo, podemos pensar que desde que surgió la música, o, la danza mucho antes como simples movimientos corporales, el hombre empezó a practicar actividades orientadas al disfrute generando la adrenalina que fluía a sus cerebros.

De este modo, las danzas rituales, siempre relacionadas en principio con la religión que cada pueblo practica, los cantos dirigidos al Dios o dioses que tenía en cada ocasión, eran una forma de realizar estas actividades, más bien físicas pero dotadas de una connotación ideológica, con lo cual ambas partes, la física y la espiritual estaban cubiertas en el hombre primitivo, y que aún hoy permanecen.

En adelante, el hombre desarrollará su ocio en torno al mundo de la noche, pues el día es para trabajar y la noche tiene connotaciones mágicas, más bien negativas o demoniacas, por lo de la oposición entre el Bien equivalente al Día, lo que está claro, y el Mal equivalente a la Noche, lo oscuro, lo que se oculta. Obviamente, no todos los pueblos cuentan con la infraestructura necesaria para realizar actividades nocturnas y la mayor parte de ellas se desarrollan a la luz del día, es más, el día se dedica al trabajo porque la luz natural permite este fin, la noche se deja para el hombre al descanso, aunque en el reino animal hay animales de actividad nocturna que están dotados de medios fisiológicos aptos para este entorno. Por este motivo, estas actividades realizadas a la luz de la luna y de unos pocos fuegos, como la Noche de San Juan, se relacionan con el mundo del misterio, de la magia, de lo sobrenatural, de las tinieblas. Los elementos durante la noche mantienen su esencia pero oculta tras un velo de oscuridad, y, dada la curiosidad humana y animal, el hombre siente su atracción por lo que en ella sucede. La falta de luz actúa en la mentalidad del hombre moderno como anestesia casera para la moral y su transgresión se ve justificada dentro de los límites de la normalidad.

En la noche moderna, los hombres salen de sus casas, dejan el sueño aparcado al lado de la cama y se embuten en sus mejores vestimentas, algunos tienen un concepto personalizado de lo que consideran acertado y cómodo, para ver y dejarse ver. Se ejercitan el mironeo, las envidias, el deseo, de hombres a mujeres, de mujeres a mujeres, de hombres a hombres, de mujeres a hombres. A tal estado ha llegado la liberalidad de la sociedad en la que vivimos, que las noches en los mesones de antaño o de hace unos siglos han pasado a las discotecas, pubs, bares, terrazas donde la música, el baile y las bebidas son la nota dominante.

En esos lugares aguantan hasta el amanecer ejerciendo todas esas actividades que hemos mencionado, agolpándose unos contra otros, observándose, bailando, oyendo música, hablando con los amigos y conocidos, conociendo gente nueva, en definitiva, haciendo lo que llamamos “vida social”. En esos lugares, considerados por algunos –especialmente mayores- como lugares de perdición, de corrupción, se relacionan los jóvenes, los adultos, en busca de nuevas noticias, mostrando la moda de cada cual, las tendencias en los “fashion victim”, cotilleando en las vidas ajenas, y buscando nueva pareja o tu primera relación. Y, ¿por qué algunos lo consideran tan negativamente?. La explicación está en la liberalidad de costumbres que ha hecho que los antiguos guateques de nuestros padres, fiestas privadas con música y comida para que los jóvenes se conocieran, pasaran a convertirse en los locales donde los jóvenes, y no tanto, van a buscar relaciones esporádicas, a “echar una canita al aire” como se suele decir, en definitiva, a practicar sexo en un coche, en una casa, un hotel para los más pudientes, con alguien que hayas conocido o que esté más predispuesto a relacionarse contigo si ya lo conocías. Estas relaciones esporádicas, llamadas “rollo”, tanto en su versión corta –simples besos y toqueteos- como su versión completa –otras formas de sexo más explícitas-, son el detonante de la crítica social en nuestra época. Pero, según los que lo justifican, la noche es la única ocasión para practicar la necesidad más básica de la  biología, el placer de la reproducción, aunque obviamente no se pretenda conseguir que ésta se efectúe hasta sus últimas consecuencias, puesto que los mecanismos sociales han permitido este avance hacia formas de vida más liberadas de la moral tradicional.

Para ello confabula la música moderna, que es la escuchada en estos locales y en la radio, televisión y toda manifestación sonora posible, orientada en su mayoría a la temática amorosa, en sus versiones tanto de pasión como de desilusión. Ella induce a expresar lo que todos pensamos y sentimos en esta vida en torno a este concepto tan manido y difícil de definir, por lo cual nuestra mentalidad imperante es la que determina el éxito o fracaso de cada autor o de cada canción. Y a su vez, induce a que ésta cambie o se reoriente. La adrenalina fluye mejor cuando hay acción física, y los cuerpos en movimiento, el sudor, y las feromonas actúan como cóctel, especialmente veraniego –por el momento en que escribo y me inspiro-, para conseguir que las miradas sean cada vez más intensas y largas, los labios insinuantes durante la canción cantada y los movimientos en el baile más sensuales para seducir al otro que se halle receptivo a nuestras intenciones.

Sin duda, la noche se ha hecho para descansar, pues el cuerpo humano se regenera y recupera de la actividad diaria durante la vigilia, por lo que el aguante hasta altas horas del amanecer del día siguiente sólo es posible, teniendo mucha resistencia física, teniendo el sueño cambiado o consumiendo alcohol o drogas. Todo esto que he descrito se da en la noche y su mundo.

Una noche escribí todo esto robándole horas al sueño.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 5 de septiembre de 2005.

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