Jean Le Verrier, voz biográfica elaborada para la Enciclopedia Canaria. Una fuente más sobre Canarias.

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Sobre este sacerdote francés se desconoce la mayoría de su biografía, al menos en las fuentes canarias que tenemos a nuestra disposición, así que hay que recurrir a las únicas fuentes que nos hablan de él, Le Canarien, la crónica de conquista bethancuriana de Canarias. Esta voz nos acerca un poco mejor a su biografía y de paso a la conquista de las islas de Lanzarote y Fuerteventura por los normandos en el siglo XV y a su labor evangelizadora. Sondeando un poco más en una fuente importante para Canarias

JEAN LE VERRIER: Clérigo presbítero y limosnero del conquistador normando Jean de Béthencourt, sirvió de capellán de la expedición de conquista francesa del dicho señor y Gadifer de la Salle que sale del puerto de La Rochela en Francia en 1402 con doscientos hombres en dirección a las Islas Canarias. Escribió una crónica conocida como Le Canarien, la primera de las obras que informa sobre la conquista de las islas, junto con el padre franciscano Fray Pierre Bontier o Boutier, monje de Saint-Jouin-des-Marnes, aunque Bonnet y Reverón atribuye únicamente a éste último la autoría de la obra. Apenas se conocen datos biográficos sobre él, por lo que debemos emplear especialmente los relatados en la citada crónica que hacen alusión a este clérigo.

Según Viera y Clavijo, su obra trata de la conquista de los normandos en las islas, desde la salida del puerto de La Rochela, hasta el fallecimiento de Jean de Béthencourt. Viera les da crédito y fiabilidad fundado en que lo que relatan eran hechos públicos de los que fueron testigos. Sin embargo, la fuente original no se conserva por lo que los historiadores han utilizado las dos versiones reformadas que se conservan en la actualidad, que sirvieron de alegato legal tras la ruptura entre Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt, que están entresacadas de la original escrita por los eclesiásticos normandos.

Según Cioranescu, la versión de Gadifer de la Salle, que citaremos como G, fue cronológicamente la primera y es obra personal suya escrita por él entre 1404 y 1408. El papel de los clérigos que se mencionan en su primera página debe haber sido real, pero su texto, que cubre sólo los inicios de la empresa, ha sido tantas veces manipulado y reestructurado por Gadifer, que la crónica de Bontier y Le Verrier debería considerarse como fuente. La obra de Gadifer había sido empezada por los dos clérigos como unas efemérides escritas sobre la marcha, a medida que se producían los acontecimientos, pero de este carácter primitivo muy poco se trasluce en la forma actual. Ellos mismos, en primera persona del plural, habían declarado su intención en el prólogo de su obra de poner por escrito las cosas que les acontecieron en la expedición en un principio y la manera de su gobierno, de lo cual –afirman- pudieron tener seguro conocimiento desde que salieron de Francia hasta el 19 de abril de 1404, en que Béthencourt llegó a las Islas Canarias; en adelante la escritura del libro lo realizarían otras manos, Gadifer y Jean V de Béthencourt, sobrino del conquistador, pensando proseguir su escrito hasta el fin de la conquista. El segundo texto, que citaremos como B, es una refundición del primero y adjudica a Jean lo que Gadifer presenta supuestamente como obra propia. Es una crónica familiar, siendo el más inexacto de los textos, por intereses partidarios, al supravalorar la labor de Béthencourt y minimizar la de Gadifer de la Salle. Esta última fue la que conoció Viera y Clavijo, que será el primer historiador que la aprovecha metódica y críticamente, por lo que la información que aporta sobre la conquista normanda es susceptible de crítica, pues es una versión partidista de los hechos.

La intención original del viaje acorde con la mentalidad de la época era seguir con los viajes y conquistas que se realizaban sobre los infieles con la esperanza de cambiarlos y convertirlos a la fe cristiana. De ahí la presencia de los dos clérigos, ya que la evangelización era uno de los objetivos fundamentales de estos viajes. En todo momento se hace mención en la obra de que el viaje se realizaba para honra de Dios y para mantenimiento y aumento de la santa fe cristiana. De este modo, Fray Pierre Bontier y el señor Jean Le Verrier, se embarcaron con Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt, como capellanes, cronistas y apóstoles de Canarias.

Se encontraron con algunas dificultades debido a las disputas con Bertín de Berneval, que traicionó a Gadifer de la Salle. Ambos eclesiásticos se mantuvieron leales a Gadifer de la Salle. Lo que ocurrió fue que estando éste sin víveres en la isla de Lobos, para cazar lobos marinos, salieron los dos capellanes y dos escuderos del castillo de Rubicón y se fueron en dos botes en busca del maestre de la nave Morella, que estaba en el puerto de la isla Graciosa, donde estaba la nave Tajamar, los cuales le rogaron al maestre de la nave que les hiciese el favor de ayudar a Gadifer de la Salle, que estaba en la citada isla de Lobos con otros diez hombres sin comer desde hacia 8 días. Tras el rescate de Gadifer de la isla de Lobos, estando en la nave los dos capellanes, algunos días después, vieron llegar de Rubicón los dos botes cargados de víveres y de muchas otras cosas que pertenecían a Gadifer, y rogaron al maestre de la nave Morella, Francisco Calvo, que viniese con ellos a la nave Tajamar, con dos escuderos de Gadifer. Entonces Bertín de Berneval pretendió que esas cosas le pertenecían y que lo podrían certificar los dos capellanes presentes. Estos le respondieron delante de todos que sabían que cuando vino con ellos al principio sólo tenía poco o nada suyo, y que al contrario, el señor de  Béthencourt y Gadifer de la Salle eran los dueños de todo aquello. Entonces los dos capellanes y los dos escuderos salieron de la nave y pidieron a Bertín de Berneval, que se había quedado con aquellas cosas, que les dejasen a Isabel la canaria para hablar a los habitantes de la isla, y su bote, porque éste se lo había quitado y no podían salir adelante sin él. Cogieron su bote y salvaron de morir ahogada a Isabel la canaria, a la cual Berneval había tirado del barco al mar. A su vez, dispuesto a marcharse Bertín dejó en tierra a algunos de sus compañeros en la traición, y éstos se quejaron ante los capellanes y los escuderos, y algunos de ellos incluso se confesaron con el señor Jean Le Verrier.

La víspera de Pentecostés, en 1403, administraron los capellanes el sacramento del bautismo, con general aplauso, a ochenta naturales de Lanzarote. A su vez, será Jean Le Verrier el encargado de catequizar y bautizar con el nombre de Luis, en solemne ceremonia el día primero de cuaresma, al rey Guadafría que, desde el 20 de febrero de 1404, tras haberse sometido, había expresado su deseo de que se le administrase el bautismo a él y a su familia, sirviendo de ejemplo al resto de isleños.

Para realizar mejor su labor evangelizadora los capellanes de la conquista Fray Pierre Bontier y Jean Le Verrier elaboraron un catecismo incluido en las dos versiones de la crónica Le Canarien que, según Viera y Clavijo, era sencillo pero acomodado a la capacidad de los isleños. Para Viera y Clavijo, la claridad, la precisión, y sobre todo, la noticia circunstanciada de ambos Testamentos reinan en esta obra con método superior al de nuestros catecismos vulgares. El catecismo elaborado por aquellos era bastante sencillo y consta de seis capítulos. El primero trata de Dios, de la creación del mundo, del estado de inocencia, del pecado de Adán. El segundo, del diluvio universal, del arca de Noé, de la torre de Babel. El tercero, de Abraham, de Jacob, de Moisés, de la salida del pueblo de Israel de Egipto, de la idolatría en el desierto, de los profetas, de la encarnación del Verbo, del nacimiento, vida, milagros, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. El cuarto, de la venida del Espíritu Santo, de los apóstoles y su predicación. El quinto, del credo o símbolo de la fe, de los mandamientos del decálogo, de las figuras de la ley antigua. El sexto, del santísimo sacramento de la eucaristía, de la misa, de la confesión, del pecado mortal, de los milagros, de la resurrección universal, del juicio.

Jean Le Verrier permaneció en Fuerteventura por orden de Béthencourt, durante la estancia de éste en Francia. A su vuelta, en Valtarajal, el señor de Béthencourt había hecho construir una capilla en donde hizo poner vestidos, una imagen de la Vírgen y vestuario de la iglesia, un misal y dos campanas pequeñas. Ordenó que se llamase Nuestra Señora de Béthencourt y allí se instaló el primer cura del lugar, que sería Jean Le Verrier. Según el texto B, este clérigo vivió allí el resto de su vida muy contento, sin embargo, en la misma crónica B se contradice en torno a la estancia de Le Verrier en la isla de Fuerteventura, pues se reflejan las últimas noticias que tenemos en torno a la biografía del capellán. Éste había pedido a su señor, como cura del Rubicón, que le permitiese volver con él a Francia en su salida definitiva de las islas, y así pues atendió a Jean de Béthencourt en su muerte. La versión de Jean de Béthencourt, el texto B, llega hasta el fallecimiento del conquistador, que murió en 1425, y fue Jean Le Verrier, su capellán, que él  había llevado y hecho venir de las islas de Canaria, quien escribió su testamento y estuvo presente en toda su enfermedad y fallecimiento, asistiéndole en sus últimos momentos.

 

 

Bibliografía

 

BERTHELOT, Sabino y BARKER-WEBB, P.: Etnografía y Anales de la conquista de las Islas Canarias (I. Introducción: Estudios bibliográficos). El Museo Canario, Las Palmas, 1977.

BONNET Y REVERÓN, Buenaventura: Las Canarias y la conquista franco-normanda. II. Gadifer de la Salle. C.S.I.C. I.E.C., La Laguna, 1954.

CIORANESCU, Alejandro: Juan de Bethencourt. Act. Aula de Cultura de Tenerife, 1982.

Le Canarien: crónicas francesas de la conquista de Canarias. Introducción y notas de Alejandro Cioranescu, Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1986.

VIERA Y CLAVIJO, Joseph de: Noticias de la Historia General de las Islas Canarias. Tomo I, Introducción y notas del Dr. Alejandro Ciornescu, Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1982.

 

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