Rosabel, cuentacuentos

Estándar

Rosabel ya era anciana. Se dedicaba a tejer, a hacer encaje de bolillos y a seguir viviendo con resignación pero con mucha ilusión. Su avanzada edad le había permitido conocer a muchas personas y vivir muchas experiencias, pero ella se sentía joven y solo limitada por su cuerpo, quebrantado por los años. Sus nietos la visitaban de vez en cuando, en aquella masía, que por vieja y falta de arreglos tenía un aspecto lastimoso. Su marido ya no estaba con ellos y ella entretenía a los dulces y traviesos niños con sus historias, algunas de ellas inventadas. Rosabel imaginaba mundos nuevos e historias increíbles, pues pese a ser iletrada era una mujer con alma de poeta. Sus rimas constantes en su boca y sus metáforas hacían que a veces solo sus hijas la entendieran, pues los niños, alejados del mundo rural y urbanitas empedernidos, vivían alegremente en el siglo XXI y no eran conscientes de la sabiduría que las palabras de su abuela vertía con cada chorro de su dulce y vibrante voz. Ella sabía lo valiosas que eran las palabras y era mujer que si decía algo, lo cumplía. Tan importante era para ella lo dicho, que a veces, ingenuamente, creía que sus historias las había vivido, ya fuera en época medieval entre castillos y príncipes como en el Oeste americano, con los indios como protagonistas. Le encantaban los dibujos animados, esas películas musicales donde se contaban historias heroicas de buenos y malos bien definidos, pues se sentía al verlas como una niña. Sí, Rosabel era joven de espíritu y solo sus arrugas la delataban.

            Solía contarles, en ocasiones, a sus nietos, historias que adornaba con mucha imaginación pero que tenían un fondo de verdad. Esas eran las que más le gustaban de todas, pues hablaba de Juanillo, el largo, de Pepita, la vinagrera, de Porfirio, el panadero, y demás personajes que había conocido. Lo contaba con tanta emoción y con tanto arte e implicación que los niños creían trasladarse hasta allí con mucha facilidad, hasta el viejo pueblo, inventado, de Rimalotodo, como a Rosabel le gustaba llamarlo, pues sus habitantes hablaban exactamente como ella, mediante rimas y metáforas ocurrentes e ingeniosas, cantando al alba y haciendo las tareas del campo y contando historias entorno a un fuego o una chimenea llena de hollín. Y es que Rosabel era una cuentacuentos nata, hábilmente formada en su casa y en su época, pues todo se transmitía de forma oral: las historias del pueblo, del señorito del lugar, de los pueblerinos, las leyendas más antiguas, los cotilleos de los mentideros, y un sinfín de cosas, reales o imaginarias, que enriquecían su mundo y sus vidas, pues no había tele, como solía decirles Rosabel.

Sus nietos disfrutaban mucho y repetían las historias a sus amigos con memoria de elefantes y así se formaba una cadena en la que las historias de Rosabel, antes disfrutadas por sus hijas, cobraban vida propia y llegaban lejos, hasta la ciudad. Pues las palabras vuelan como el viento dicen por ahí y como Rosabel sabía que sus palabras tenían peso y no eran ligeras, por eso las cuidaba mucho, las mimaba y las enseñaba con valores añadidos, para que tuvieran siempre un mensaje claro para los niños.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 4 de agosto de 2012.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s