Archivos Mensuales: agosto 2012

Su blanco semblante

Estándar

Nieve densa o espesa, fría caricia y quemazón en mis manos, caes como las gotas de lluvia pero de forma más silenciosa. Espuma del cielo, esponjosa y cristalina, dormito en mis sueños pensando que el invierno se acerca más gélido este año. Nunca podría imaginarme una noche nevada más bella, ni siquiera en sueños, pues apenas he podido tocar ni ver ninguna nevada real, solo una granizada de vez en cuando y nieve en la cumbre de la isla cuando niña. Como niña anhelo ver tu blanco semblante, como Luna llena en noche oscura. Busco y rebusco un pasaje que me traslade a otros territorios, quizás un viaje alucinante a través de Jules Verne me ayude en mi deseo.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 30 de agosto de 2012.

 

Noche nevada

Anuncios

Los Consejos y el deber del Consejo en la Edad Moderna: el caso de Aragón. Antecedentes de nuestro sistema parlamentario actual

Estándar

¿CÓMO SE INSTITUCIONALIZA EL DEBER DEL CONSEJO? DE LA ÍNDOLE PROTOPARLAMENTARIA A LA NATURALEZA AÚLICA DEL CONSEJO. CONSECUENCIAS.

 

                Las raíces históricas de los consejos reales de la Edad Moderna se remiten a la época medieval, cuando surgen las asambleas representativas. El consenso sobre esta línea evolutiva parece claro en la mayoría de investigaciones que de algún modo tratan este tema. Incluso, autores como Dolores M. Sánchez González resaltan que el principio del deber de consejo se encontraba en la esencia del engranaje orgánico de la Administración Moderna[1]. Este engranaje orgánico se ha dado en llamar el régimen polisinodial, característica de la Monarquía española del “Antiguo Régimen” y tiene unas raíces medievales claras, y para Maravall es una peculiaridad de la Monarquía Hispánica. Para llegar a este sistema, que según la citada autora tiene como principios la flexibilidad adaptativa de las instituciones, el de delegación y el de interrelación de los poderes, propios de un estado moderno, tendremos que ver la evolución del deber de consejo.

            Este concepto del deber de consejo, quizá debiéramos remitirlo a su contexto histórico dentro del concepto de soberanía. Tanto Escudero como Suárez Fernández nos mencionan la concepción doble de soberanía de la etapa medieval: por un lado, la pactista, defendida fundamentalmente por los señores, y, por otro lado, la autoritaria o absolutista, defendida evidentemente por los monarcas y fundamentada en el Nuevo Testamento y durante la Baja Edad Media en el Derecho Romano[2]. Estas concepciones crearán las luchas por el poder entre nobles e instituciones territoriales y el rey, tan conocidas por todos, que llevará a reforzar la autoridad real con ciertas limitaciones según los territorios. Veremos cómo esta dual concepción de soberanía se manifiesta también en la historiografía.

            El origen divino del poder (“gratia Dei”) fue un pensamiento constante en la Edad Media. Según esto, la dignidad real no es recibida por quien la ostenta como un derecho sino como un deber, de cuyo cumplimiento se hace responsable ante Dios. Estaba sometido a una ley moral y el ejercicio de la autoridad real era considerado como un bien para la comunidad del reino. Por el contrario, la tesis pactista, que en la península Ibérica predomina en la Corona de Aragón (especialmente Cataluña), defiende que el poder real es el resultado de un contrato tácito entre el monarca y su pueblo, obligándose ambos al cumplimiento de la ley. Como especifica Escudero, ese poder sería originario de Dios -lo cual lo legitima- y llega al rey por medio de la comunidad (omnis potestas a Deo per populum) y esto significa que el pueblo confía a una persona el poder y está legitimado para retirárselo o para ejercer un adecuado control (en la península Ibérica a través de las Cortes), y lo mismo sucede en el caso de obtención por vía papal. Esta concepción es la que defiende la existencia del deber de ser aconsejado.

            Por lo tanto, el rey debe proteger la fe, gobernar con justicia y mantener la paz y para ello dispone de la fuerza de las leyes, que según las tesis pactistas tiene que acatar modélicamente, puesto que el carácter divino de su poder le limita y exige que lo ejerza con templaza en bien de sus súbditos. Ante esto, cabría no sólo hablar del deber de consejo de los súbditos en el gobierno regio sino también del deber del monarca de pedir consejo, tal y como apunta Arrieta Alberdi en su estudio sobre el Consejo de Aragón[3], puesto que, según las mencionadas teorías, el monarca debe ejercer su potestad en bien de la comunidad y tendría el deber de ser aconsejado. En relación con esto es de resaltar que Sánchez González y Maravall consideran que el acudir al deber de consejo en nada lesiona el principio de soberanía real, sino que le ofrece una fundamentación social decisiva de cara al pueblo. Hasta el punto que los monarcas sienten que es una obligación acudir al mismo[4], pero como una obligación moral y no un deber, puesto que no existe norma o derecho que lo exija. Arrieta Alberdi, en cierto modo, apoya esta opinión, aunque defiende el concepto de deber de ser aconsejado, al considerar que los motivos de que los reyes acudan a estos organismos permanentes (curias regias), lo cual llevaría a su institucionalización, sean legitimar las decisiones reales evitando conflictos mediante el más amplio consenso, condicionando, pero también afirmando -ya que lo legitima-, el ejercicio del poder real (p. 29) Al menos, es más patente para la Corona de Aragón. La idea que predomina en la historiografía es la de que el monarca goza del derecho de ser aconsejado y que se “institucionalizaría”.

            Durante la Baja Edad Media, el poder del rey es ejecutivo, judicial y legislativo, este último en menor medida puesto que está limitado por el juego político rey-Cortes, mucho más, como se ha mencionado, en la Corona de Aragón donde el monarca debía legislar de acuerdo con esta asamblea. No nos corresponde analizar el papel de las Cortes pero sí debemos detallar la evolución de estas asambleas para comprender el deber de consejo y su institucionalización.

            En la sociedad feudal es donde surgen las primeras manifestaciones de la función consultiva, en los siglos XI y XII. Todos los autores parecen coincidir en los puntos de esta línea evolutiva. Así pues, todos los vasallos del rey le deben de prestar el “auxilium” y “consilium” como señor, para la defensa militar y para el ejercicio del poder que es imposible ejercerlo de forma aislada, ni siquiera para un monarca como Felipe II, aunque su marco histórico era más complejo.

            Siguiendo a éste último autor, a Arrieta Alberdi como línea argumental, se apunta que los órganos consultivos con cierto peso para ser considerados aparecen en la península Ibérica, el marco geográfico de este trabajo, en el s. XI y desestima las aulas y consistorios visigóticos pero, Escudero sí incluye las curias altomedievales como antecedentes de los consejos, aunque este último remonta los testimonios más antiguos de éstos órganos a la curia leonesa de Fernando II en 1170 y a las Cortes de Huesca de 1247 para Aragón, ya que aparece cierta representatividad social. Estas juntas o curias estarían compuestas por magnates, seglares y eclesiásticos que colaboran en la gobernación del reino y figuran junto al monarca al dictar las leyes. Hubo dos tipos: una pequeña asamblea de regular composición -Curia ordinaria, reducida, o regia- de índole doméstica o palatina y cercana al rey; otra más amplia, Curia extraordinaria o plena, para circunstancias especiales o emergencias. La primera evoluciona en la Baja Edad Media hasta convertirse en el Consejo del rey, la segunda se transforma simultáneamente en una asamblea más o menos representativa que adopta en Europa distintos nombres: Estados Generales, en Francia y Países Bajos, Parlamento en Inglaterra, Dietas en Alemania y Cortes en España, etc.

            Estas curias se convierten en representativas de la sociedad estamental en la que actúan al incorporarse a los estamentos nobiliar y eclesiástico, los burgueses o ciudadanos. Según Escudero, se institucionalizará la presencia ciudadana en el s. XIII, consolidándose en consecuencia las Cortes, tal y como las conocemos en la Edad Moderna. Sin embargo, Arrieta Alberdi advierte lo siguiente:

 

     Un órgano perfectamente institucionalizado puede tener, en un momento dado, un peso político reducido, mientras que puede ocurrir que en una fase temprana de institucionalización se alcancen, sin embargo, altas cotas de influencia política.

      El proceso de institucionalización de un órgano consultivo plantea el problema de la conversión del deber de aconsejar en derecho a aconsejar. (P. 27)

 

            Vemos que defiende la concepción pactista de la soberanía al hablar de que cuando acaece la institucionalización de éstos órganos de gobierno el deber se convierte en derecho a aconsejar. Esta idea ha sido ensalzada por la historiografía regional, especialmente catalana, en numerosos trabajos sobre la limitación del poder real en la Corona aragonesa a través de sus Cortes y su Diputación que, no obstante, debían ser convocadas por el rey, lo cual limita su actuación. Sigamos con la evolución de los mismos.

            La Curia regia u ordinaria estaba compuesta por miembros de la Corte (familia real, funcionarios de palacio, magnates eclesiásticos y seglares) y desde el s. XIII se integraron jurisperitos en derecho romano-canónico, lo cual confirma su función de asesoramiento. También es destacable que las Cortes integren esta burocracia especializada para cumplir mejor su función y ajustarse a la fuerza del Derecho para defender sus prerrogativas. Tal y como expresa Sánchez González en la p. 21 de la citada obra , «Lo importante es contar con los suficientes elementos de juicio para poder tomar una decisión, para poder actuar. Y eso es lo que aporta el deber de consejo. Tras la utilización del mismo, el soberano estará en condiciones de emitir un decreto, una orden o una disposición que lleve a la práctica la decisión real», se entiende que no implica que se siga ese consejo puesto que la última palabra pertenece al rey, ya que posee esa potestad. Por lo que, si existe la obligación del monarca de pedir consejo tampoco afecta en demasía a su soberanía, a no ser que comparta ciertas potestades con alguna asamblea del tipo de las Cortes. Arrieta Alberdi menciona que la formación de asambleas representativas de los reinos tomando como base instancias consultivas del monarca, tuvo su contrapartida en la consolidación en torno a éste de una estructura fija de asesoramieno y formalización de la burocracia cancilleresca. Su origen estaría en las funciones asesoras y judiciales (a primera instancia o de apelación) de la curia ordinaria, y, en la suprema función asesora, judicial en algunos casos, la potestad legislativa (obteniendo sus disposiciones caracter de leyes generales del reino) y su convocatoria real para asuntos graves e importantes como la jura del heredero, la elección y matrimonio de reyes, declaración de guerra y concesión de subsidios y ayudas económicas, que competían a la curia plena o extraordinaria (también “corte pregonada”). Ésta estaba compuesta por los nobles y eclesiásticos que integraban la ordinaria, por los magnates de los distritos y por obispos y abades, y desde el s. XII por los maestres de Órdenes Militares de Uclés y del Temple.

            El monarca parece instrumentalizar ese deber de consejo, y como resaltan muchos historiadores, entre ellos Maravall, a medida que evoluciona el concepto de soberanía y surge el Estado Moderno evolucionan sus órganos de gobierno. Así que, también el crecimiento de la administración pública dio lugar a una burocracia que representa un cambio importante en el hábito de gobernar, tal y como resalta Molas Ribalta[5]. Como ya hemos apuntado, el tipo de Estado Moderno exigía fundamentalmente a sus servidores una formación jurídica, así con los Reyes Católicos aparecen funcionarios especializados de las capas medias de la sociedad, auque los aristócratas aún conservarán los altos cargos durante la Edad Moderna.

            De este modo, los monarcas se servían de órganos auxiliares-consultivos. Y, según Arrieta Alberdi el deber de asesorar al monarca sitúa a éste en supremacía, pero también en desventaja al institucionalizarse, lo cual significaría que junto al deber de aconsejar aparece el deber de ser aconsejado, pero otros autores como González Antón consideran que nunca existió ese deber de ser aconsejado o el derecho a aconsejar, al menos jurídicamente.

            Todo ello llevaría al sistema polisinodial que alcanza su mayor grado de institucionalización con Felipe II, tal y como veremos en el siguiente apartado.

 

¿CÓMO Y POR QUÉ ACAECE EL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN DEL CONSEJO DE ARAGÓN EN CADA UNO DE SUS HITOS: PEDRO IV (1344), FERNANDO III (1494), CARLOS V (1522) Y FELIPE I (1579)?.

 

            Para autores como Lalinde Abadía, Arrieta Alberdi y Ricardo García Cárcel, el punto de partida del centralismo empieza con la ausencia física del rey de sus reinos periféricos, lo cual va a ocasionar, junto con la consideración como epicentro político de Castilla, que surjan instituciones que sirvan de eslabón intermedio entre el monarca y el virrey[6], tal y como apoya también Luis Suárez Fernández. Así, en 1494  Fernando el Católico institucionalizó la curia regia creando el Consejo Supremo de Aragón, ubicado en la Corte y encargado de toda la problemática de los reinos de Aragón, con una función consultiva y judicial como tribunal supremo de apelación. Era presidido por un vicecanciller y lo integraban 6 letrados como regentes de cada reino y un tesorero general, todos ellos debían ser naturales tal y como pedían insistentemente las Cortes, pero no siempre se cumplió. De este modo, se enmarca a la Corona de Aragón, respetando sus peculiaridades, dentro de un Estado supranacional que se regía con el sistema polisinodial.

            Pero los que primero van a inaugurar la división de poderes serían los primeros Trastámaras, de este modo, Pedro IV va a poner las bases del futuro Consejo de Aragón al dictar en 1344 las Ordenanzas de Casa y Corte, contribuyendo, como también apuntábamos con Arrieta Alberdi en el anterior apartado, no sólo al reforzamiento del poder del Estado, aún incipiente, sino también al desarrollo de la nobleza como cuerpo privilegiado. Concedieron el poder ejecutivo al Consejo real, legislativo a las Cortes -con el rey-, judicial a la Audiencia o Chancillería. Así, en opinión de Suárez Fernández en la obra citada, el Consejo se hallaba inserto en la Corte correspondiendo a las funciones públicas del soberano (p. 143), y su modelo de funcionamiento para la Corona aragonesa lo estableció Pedro IV. Arrieta Alberdi va más lejos al resaltar que la pugna nobleza-rey se decanta por el monarca que conserva la supremacía, puesto que se estructuran los órganos palatinos de forma doméstica (p. 38) Aparecen las figuras de Canciller, Vicecanciller y Regente de la Cancillería, como funcionarios reales.

            Los Austrias mayores van a ser continuadores de la política de los Reyes Católicos, no obstante, Carlos V respeta las instituciones de sus distintos reinos y con la Pragmática de 1522 sólo establece la reordenación del Consejo de Aragón siguiendo la política fernandina y añadiendo que sólo actúe en competencias judiciales y que prevalezca la autoridad del Canciller, en este caso, Gattinara, sobre el vicecanciller, como señala Arrieta Alberdi, aunque esta primacía cambió otra vez al vicecanciller al morir Gattinara. Hay autores que consideran muy relevante el papel de este Consejo en esta etapa, aunque no llegue al escalafón del Consejo Real de Castilla[7] (ya que todos los investigadores coinciden en que se dió una castellanización de la monarquía)

            Con Felipe II se llegará a la adquisición de unos perfiles orgánicos y funcionales, con la definitiva consolidación y aumento de la actividad consultiva del Consejo de Aragón, según revelan los estudios de Arrieta Alberdi, coincidiendo con la confirmación del Consejo de Italia (1556-1579), que reduce competencias al Consejo. Se tecnificará o burocratizará mucho más como institución asesora del monarca, y esta instrumentalización acaece ya que éste monarca llevaba una forma de gobierno directa y personal, cuyo cauce intermediario entre el rey y sus consejos eran los secretarios. Pero, el panorama cambia para Riba García y otros investigadores al consultar la documentación existente en el Museo Británico -y que no consultó Arrieta Alberdi- ya que se aprecia una capacidad ejecutiva o de actuación política mayor de lo que se le suponía a este consejo. Por esta época, sí se puede decir que el Consejo de Aragón adquiere madurez: la adopción de formas estables en la planta, en los cauces de acceso a los asuntos, en las normas de funcionamiento interno, en las vías de relación con los virreyes y en el aseguramiento en la composición del Consejo mediante la reunión selectiva de los letrados más fieles de las Audiencias.

            Con los llamados Austrias menores, el Consejo de Aragón se hallaba sometido a presiones de distinto signo. Frente a los reinos aparecía como el órgano de la prepotencia regia -de hecho, se trata de un órgano del gobierno central-. Los primeros ministros criticaban al Consejo por su imbricación en las facciones y clientelismo de sus regiones de origen. Olivares logró sustituir al vicecanciller (que era un jurista) por un presidente, y nombró, para este nuevo cargo, a un castellano, a un aristócrata, es decir, a un militar. Auque esta medida fue suspendida después de la caída del valido, fue restablecida en 1692. Otro cambio fue la incorporación de caballeros no letrados bajo el título de “consejeros de capa y espada”[8].

            El organismo desaparecerá junto con los fueros aragoneses con los decretos de Nueva Planta de Felipe V en 1707.


[1] SÁNCHEZ GONZÁLEZ, Dolores M.: Las Juntas Ordinarias. Tribunales permanentes en la corte de los Austrias. U.N.E.D. Madrid, 1995. P. 15. Se remite a otra publicación suya titulada El deber de consejo en el Estado Moderno. Las Juntas “ad hoc” en España (1471-1665). Madrid, 1993.

[2] ESCUDERO LÓPEZ, José Antonio: Curso de Historia del derecho. Fuentes e instituciones político-administrativas. Madrid, 1995 (2ª edición revisada) Pp. 507-508. SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis: Historia de España. 7. Los Trastámara y los Reyes Católicos. Gredos. Madrid, 1985. Pp. 140-141.

[3] ARRIETA ALBERDI, Jon: El Consejo Supremo de la Corona de Aragón (1494-1707). Institución “Fernando el Católico”. Zaragoza, 1994. P. 27. Hace un estudio monográfico exhaustivo sobre esta institución y sobre sus antecedentes, lo cual la convierte en obra central de este trabajo.

[4] SÁNCHEZ GONZÁLEZ, Dolores M., op. cit., p. 19. Se remite a un documento de Felipe II de las Juntas “ad hoc” sobre moriscos de 1595: “ Por cumplir con la obligación que tengo al servicio de nro. Señor y al descargo de mi consciencia y bien de mis Reynos y vasallos mande muchos años ha que se tratasse (…) juntandose para ello en esta Corte y en esse Reyno las personas a quien se cometio y sus apuntamientos que todos van endereçados a mayor bien d elos dichos nuevos convertidos”. Es una obra que no cita Arrieta Alberdi en su bibliografía.

[5] MOLAS RIBALTA, Pere: Manual de Historia de España. 3. Edad Moderna (1474-1808). Espasa-Calpe. Madrid, 1988. P. 114.

[6] GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: Historia de Cataluña. Siglos XVI y XVII. Los caracteres originales de la historia de Cataluña. Ariel. Barcelona, 1985.Pp. 354-355.

[7] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: “El siglo XVI. Economía. Sociedad. Instituciones”. Historia de España. Menéndez Pidal. Dirigida por: José María Jover Zamora. T. XIX. (2ª edición) Espasa-Calpe. Madrid, 1990. P. 594.

[8] MOLAS RIBALTA, Pere, op. cit., p. 272.

Brevísimos

Estándar

Brevísimos

 

Dame un pincel y te pinto una sonrisa.

 

Dame un papel y un boli y te entretengo la mente.

 

Crear es fácil; lo difícil es creer en lo creado.

 

La flor de tu secreto es que tu vida para mí es un misterio.

La flor de mi secreto es que la mía no lo es.

 

El ruido puede ocultar los mensajes más altos del corazón a la mente.

 

No me grites que puede que te escuche.

 

Soy pequeña de estatura pero grande de espíritu. No desprecies lo pequeño, pues te puede sorprender.

 

Si sueño contigo espero que no me desveles con pesadillas.

 

Todas las personas siempre tienen problemas, pero todas las personas no son un problema.

 

Quien quiera oír gritos que se vaya a un barranco a escuchar ecos.

 

Los silencios comunican cosas solo entendibles para los que prestan atención a los huecos y vacíos.

 

Saber leer entre líneas es un arte que requiere aprendizaje a todas las edades.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 23 de agosto de 2012.

 

 

 

Estatuto de Autonomía de Canarias: estudio crítico de una norma jurídica de primera importancia en Canarias

Estándar

Estudio crítico sobre nuestro Estatuto de Autonomía de Canarias, para los que desconozcan la norma jurídica más importante en Canarias después de la Constitución española de 1978.

 ESTATUTO DE AUTONOMÍA DE CANARIAS

 

Auxiliadora Rodríguez Suárez

 

                El Estatuto de Autonomía de Canarias es el documento más importante de la administración de este territorio, en la medida en que se le reconocen a esta comunidad autónoma competencias de autogobierno mediante distintas instituciones y su identidad singular, como se reconoce en el Título preliminar (Disposiciones generales) en su artículo primero[1]. Por ello, y si queremos hacer un análisis de su contenido, no podemos prescindir de la comparación necesaria con el primero de los estatutos del que éste es la reforma. Es decir, debemos consultar el estatuto de 1982[2]. Del mismo modo, no podemos dejar de consultar la Constitución Española que data de 1978[3] y que es la que fundamentó el documento objeto de estudio aquí, tanto a nivel general como particular. Se expresa esto último puesto que se pretende un acercamiento a su contenido en general, que se enfocará más a comparar ambos estatutos, y también se pretende valorar particularmente el sistema electoral.

            La génesis de todo lo que aquí se nos presenta la expresa mejor que nadie J. A. González Casanova (Catedrático de Teoría del Estado y Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona) en los siguientes párrafos:

      El artículo Segundo y el Título VIII de la Constitución de 1978 permiten esbozar una nueva teoría del Estado basada en la experiencia constituyente española. La originalidad del Estado surgido de dicha experiencia reside en su proceso de integración mediante la creación previa de Comunidades Autónomas, las cuales, a su vez, reciben, para constituirse, “parcelas” del poder estatal. Este último se configura, así, en poder de autogobierno de las comunidades que integran el Estado español.

      Si bien se mira, esta originalidad del Estado constitucional en 1978 se inscribe, en el fondo, en la lógica interna de todo proceso histórico de construcción estatal, es decir, en al unión o federación de comunidades políticas relativamente autónomas[4].

                El Estatuto de Autonomía de Canarias reconoce en su primer artículo, ya mencionado, ese deudo con la Constitución, pero en la última edición reformada añade dos variantes sobre este artículo, que no altera esa fundamentación en la Constitución. La primera de esas variantes, que reseñaremos abajo (y lo señalaremos), aparece en función de que se trata de una reforma, y no ya de acceder a la autonomía como ocurría en la primera versión. La segunda, que también reseñaremos, introduce la idea de nacionalidad recogida por la constitución, pero sin dejar de mencionar que es dentro de la Nación española.

            En la primera versión del Estatuto (Ley Orgánica 10/1982, de 10 de agosto) aparece así el artículo primero o 1 en el Título preliminar, Disposiciones generales:

Canarias, como expresión de su identidad, y para acceder a su autogobierno, se constituye en Comunidad Autónoma, en el marco de la unidad de la Nación española, de conformidad con lo dispuesto en la Constitución y el presente Estatuto, que es su norma institucional básica[5].

                El artículo 1 que hoy está vigente (B.O.C. de 13 de enero de 1997) expresa lo siguiente:

Canarias, como expresión de su identidad singular, y en el derecho de autogobierno que la Constitución reconoce a toda nacionalidad, se constituye en Comunidad Autónoma, en el marco de la unidad de la Nación española, de acuerdo con lo dispuesto en la Constitución y en el presente Estatuto, que es su norma institucional básica[6].

                Pero no es sólo en esto en lo que varía el citado artículo 1 del Estatuto, sino que además de variar el orden de dos frases en el párrafo siguiente, introduce la idea de cooperación con otros pueblos, todo ello siempre refiriéndose como marco a la Constitución y al presente Estatuto (gracias a lo expresado en el artículo 147 de la Constitución española).

            En este último punto debiéramos preguntarnos qué expresa la Constitución sobre las comunidades autónomas, que para constituirse necesitan al estatuto como «norma institucional básica». No ahondaremos demasiado en este tema mas que cuando sea necesario referirnos a la Constitución.

            González Casanova al cual se citaba se olvida de mencionar un punto importantísimo para las autonomías. En el preámbulo de la citada Constitución (B.O.E. de 29 de diciembre de 1978) se expresa algo que habla por sí solo:

Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.

                Si esto es así, lo siguiente aclara algo más sobre lo que hemos visto en el artículo 1 del Estatuto. En el artículo 2 o segundo (en el Título preliminar de la Constitución) se expresa:

      La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre ellas.

                En esto último nos remitimos a lo que se citaba con González Casanova como explicación de la génesis de las autonomías, pero la de Canarias es peculiar puesto que su constitución fue muy problemática. Por lo tanto, no se puede hablar del Estatuto de Autonomía de Canarias, para explicar lo que hoy se encuentra en vigencia en la sociedad canaria, si se prescinde de su proyección histórica.

            La problemática de la configuración de la autonomía de Canarias está dentro de la de la transformación, que señala I. Mª de Lojendio e Irure, de un Estado fuertemente centralizado a una estructura basada en la autonomía, que no puede ser más que problemática.[7]

            No vamos a ahondar en esta transformación a nivel nacional, pero sí mencionaremos las vías de su consecución. Lojendio e Irure distingue dos fases en la política autonómica: la de racionalización y ralentización, donde entraban el caso vasco, catalán y gallego, cuyos estatutos habían sido aprobados, y la de la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del proceso Autónómico), con consignas de homogeneidad y generalidad, así como una urgente aceleración del proceso que permitiría aprobar en 1982 los Estatutos de Autonomía aún pendientes.

            Unos, la conseguirían por la vía del artículo 151 de la Constitución, como era intención de la Junta de Andalucía en junio de 1979, y otros, por la vía del artículo 143. Esto se debía a que el Comité Ejecutivo nacional de UCD aprobó el 15 de enero de 1980 un importante documento divulgado en prensa que abogaba por una racionalización, consigna de la primera fase, y decide “adoptar para todos los procesos autonómicos el procedimiento previsto en el artículo 143” que “permita garantizar el principio de igualdad y solidaridad entre todas las regiones y nacionalidades”, y “propiciar la abstención o el voto en blanco en los referéndums de iniciativa previstos en el artículo 151”[8]. Esto último también lo señala Hernández Bravo de Laguna , al que citaremos más adelante.

            Esto significaba el inicio de un proceso más lento al cual se vio abocado, entre otros, el caso canario, que adoptará la vía del artículo 143. Aunque en el caso canario también hubo otro tipo de problemas, como señala Teresa Noreña[9], la cual menciona que los mismos problemas del primer Estatuto se repitieron en la reforma y que se trata de un proceso no terminado. También podemos establecer la problemática a través de estudios realizados por Hernández Bravo de Laguna[10] y por Alcaraz Abellán y Millares Cantero[11].

            Para los dos últimos, la transición política hacia la democracia en Canarias está marcada por tres cuestiones fundamentales, y que podemos incluir en la valoración del Estatuto como factores a destacar, que serían: el debate sobre el modelo económico (REF) y más tarde con el proceso de incorporación a la Comunidad Económica Europea; la «internacionalización de la situación canaria» en el contexto geopolítico, que podemos ver en sendos artículos consultados[12]; la implantación de un régimen de  libertades y un marco de gobierno y administración autónomo para las islas.[13]

            Asimismo, señalan lo que podemos considerar la esencia del Estatuto de Autonomía de 1982, que también es la del actual: contempla la doble capitalidad, un peculiar sistema electoral y el respeto a las tradicionales franquicias económicas insulares. En su artículo 22 -artículo 23 de la reforma- señala que el gobierno y la administración de los territorios insulares de cada una de las siete islas corresponde a los Cabildos. Mencionan algo significativo que explica en parte la problemática: «implantando el régimen autonómico, se asiste a la aparición de nuevas fuerzas políticas o a la reestructuración de otras, lo que pone de manifiesto que, excepción hecha de algunas fuerzas ya consolidadas, el panorama político canario sigue sin estar estabilizado». Asimismo, señalan que el elemento más novedoso de los últimos años es la aparición y consolidación de un insularismo inclinándose hacia posiciones de un nacionalismo moderado.[14]

            Conectando con lo expresado, podemos resumir la problemática del autonomismo canario, siguiendo a todos los autores mencionados, en:

            ú La mencionada polémica de la vía de acceso a la autonomía según el articulado constitucional (en el primer Estatuto).

            ú La autodenominación de esta comunidad autónoma.

            ú La desarticulación social y la histórica falta de unidad del Archipiélago, que se iban a imponer una vez más. Las divisiones históricas e ideológicas en el archipiélago. No existía una conciencia colectiva general.

            ú Divisiones entre y dentro de los partidos políticos, en desacuerdo sobre cómo conformar la autonomía canaria. Centrándose en los temas de la ubicación territorial de las sedes de las instituciones comunitarias, que se “resuelve” mediante ley en 1997, y en el sistema electoral a utilizar en las elecciones autonómicas (representación parlamentaria, circunscripción electoral a nivel territorial,…). Éste último por su polémica merece una valoración por nuestra parte.

            ú Otro problema fundamental, que se recoge en la lectura del Estatuto, es el de la especificidad del régimen económico-fiscal ya mencionado, el “hecho diferencial canario” a defender en 1978,  los Estatutos de autonomía y la inserción en la C.E.E.

            Estos problemas son herencia, en gran parte, de situaciones históricas anteriores, planteadas también en el llamado “problema canario”[15] y en el “pleito insular”[16].

            Lo realmente problemático es que estos problemas o estas polémicas se centran en los puntos de lo que debe contener un Estatuto de autonomía, y lo es más teniendo en cuenta que es la “norma institucional básica”. El artículo 147 de la Constitución expresa:

«1. Dentro de los términos de la presente Constitución, los Estatutos serán la norma institucional básica de cada Comunidad Autónoma y el Estado las reconocerá y amparará como parte integrante de su ordenamiento jurídico.

2. Los Estatutos de autonomía deberán contener:

a) La denominación de la Comunidad que mejor corresponda a su identidad histórica.

b) La delimitación de su territorio.

c) La denominación, organización y sede de las instituciones autónomas propias.

d) Las competencias asumidas dentro del marco establecido en la Constitución y las bases para el traspaso de los servicios correspondientes a las mismas.

3. La reforma de los Estatutos se ajustará al procedimiento establecido en los mismos y requerirá, en todo caso, la aprobación por las Cortes Generales, mediante ley orgánica.»

Siguiendo este último punto, 3, parece que se ha llegado a la reforma aquí analizada, que además de las primeras variaciones o cambios mencionados presenta otros tantos. La mayoría de ellas corrige imprecisiones (se sustituyen términos como “regional” por “autonómico”, “Islas” por “Cabildos”, en algunos casos, etc.), alteran el orden de frases o las omiten -también ocurre en los puntos del articulado-, incluyen u omiten algunos artículos en función de las situaciones o necesidades más recientes, como la inserción en la C.E.E., por ejemplo.

            Se intentará hacer un balance de todo ello, para luego pasar a valorar el sistema electoral.

            En el artículo Segundo o 2, se  cambia el término “Canarias” por el de “Archipiélago Canario”, que se relaciona con la fragmentación insular y la incorporación de las áreas marítimas que circundan al archipélago, aunque en el artículo 40 añada que las competencias del Estatuto se harán sin perjuicio de las del Estado en estas áreas.

            En el artículo 3 se incluye la regulación de las sedes mediante la Ley del Parlamento de Canarias, pues antes no se especificaba.

            En el artículo 5 incluye un apartado e) en el punto 2, el de la defensa y protección de la Naturaleza y del medio ambiente, en consonancia con las tendencias actuales de la política.

            Del mismo modo, incluye un artículo insertado como el número 7, con lo cual el articulado pasa de los sesenta y cuatro del primer Estatuto a los sesenta y cinco artículos del presente. En aquél se reconoce el derecho de las comunidades canarias fuera de la Comunidad Autónoma a participar de su personalidad de origen.

            En el siguiente artículo reconoce que el sistema de poder gira en torno al Parlamento, Gobierno, su Presidente y los Cabildos insulares, y añade en la reforma la definición y función de los últimos.

            No incidiremos en el tema del Parlamento, puesto que para éste también existe un reglamento[17] y tampoco varía en demasía este apartado, ni tampoco incidiremos en el sistema electoral, por las razones ya dadas.

            En la “Sección II, Del Gobierno y de la Administración de la Comunidad Autónoma” se añade un artículo, el veintiuno o 21, sobre el Presidente del Gobierno de Canarias y la posible confianza o cesión, pero no se altera la sección mas que en esta inclusión y en la introducción y especificación de los Ayuntamientos como órganos de la Comunidad Autónoma en la función administrativa dada en el punto 3 del artículo 22, así como en el punto 7, también añadido, del artículo 23. En el mismo artículo también se hace un añadido significativo en el punto 2, el de la función administrativa que se encarga de atender al “hecho insular”.

            En la siguiente sección, sobre el Gobierno y los territorios, se hace mención a los Cabildos insulares y su función, y parece insistir mucho en ellos.

            En la siguiente sección (De la Administración de Justicia) las variaciones son mínimas. Se le quita la competencia al Tribunal Superior de Justicia de Canarias, expresada en el punto 5 del artículo 26 del Estatuto de 1982, de resolver los conflictos de atribución entre Corporaciones locales e incluye un punto 3 en su artículo 28, el de la ingerencia de la Comunidad Autónoma en la gestión de medios y recursos de Juzgados y Tribunales de Canarias. Del mismo modo, sustituye el punto 4 del artículo 28 del anterior Estatuto por el del 29 del presente, precisando más las competencias de las administraciones públicas en relación con la administración judicial.

            En el Título II de las competencias, más que añadidos, que los hay, u omisiones, se da un “fenómeno” de fusión de los puntos y el articulado con respecto al anterior Estatuto, aunque sigue  correspondiéndose con las competencias otorgadas en los artículos 148 y 149 de la Constitución española[18].

Los añadidos más significativos en este Título están relacionados con la configuración de la policía autonómica (artículo 34 del presente Estatuto y 30 del anterior) y con los proyectos de planificación del Gobierno de Canarias (en el artículo 36), así como con la variación, en estos años, de la situación de Canarias con respecto a los órganos comunitarios europeos, que se puede explicar con el artículo, ya citado, de Mª Asunción Asín Cabrera. En este último caso, son notorios los añadidos del punto 2 del artículo 37 y del 3 en el 38.

El Título III apenas ha sido alterado, excepto en el artículo 44 que se añade en sustitución del 43 del anterior Estatuto, puesto que responde a diferentes situaciones que han variado: en el anterior, se instaba a la creación de un órgano consultivo de la Comunidad y en el presente existe el Consejo Consultivo de Canarias como supremo órgano consultivo, regulado por ley y mencionado de hecho en el Estatuto vigente.

Algo parecido sucede en el Capítulo Primero del Título IV, sobre el régimen económico y fiscal de Canarias. Se defienden sus raíces históricas y su reconocimiento constitucional, y en el punto dos añadido en el artículo 46 se determina su incorporación, mediante el reconocimiento como región ultraperiférica, a la Unión Europea. En el artículo 45, punto 2, del anterior Estatuto, sólo se preveía, pero no era un hecho.[19] Por lo demás, no se modifica esencialmente (sólo se cambia “Cabildo” por “Isla” en el artículo 48) este título IV hasta llegar al artículo 59, donde se añade un punto sometido a regulación mediante Ley del Parlamento canario referente a la gestión de recursos del Régimen Económico-Fiscal de Canarias.

Asimismo, parece que se presenta un error de impresión de esta edición en el artículo 61 (en sus apartados b y c del punto 1), puesto que se copian los puntos 2 y 3 del artículo 60 del anterior Estatuto, que se ven modificados en el presente en los puntos 2 y 3 del artículo 62. Del mismo modo, el punto 1 o Uno a del artículo 61 correspondía en el anterior al artículo 60 y el punto uno del artículo 62 del presente correspondía al artículo 61 del anterior. Asimismo, en el artículo 61 del presente, se añade el punto 2 sobre la Audiencia de Cuentas con respecto al anterior Estatuto donde no se menciona.

Por último, en el Título V, De la reforma del Estatuto, sólo se añade un punto en el artículo 64, es el número 2.

 En el caso de las disposiciones sí se observan más variaciones; sobre todo, en lo que respecta a corrección de imprecisiones y fusiones de puntos, pero en la Segunda disposición adicional se observa un cambio radical en los puntos d y e. Anteriormente, los impuestos sobre ventas y consumos sólo se aplicaban a la fase minorista y ahora, se exceptúan de ellos, y antes se exceptuaban los recaudados mediante monopolios fiscales. Del mismo modo, se añade una tercera disposición en relación con el régimen económico-fiscal. También se omite una mención a la capitalidad que en la disposición cuarta no se debía ver afectada por su contenido y se añade una disposición quinta.

En cuanto a las disposiciones transitorias, sólo se modifican al introducir un punto dos en la primera de ellas, que se relaciona con el punto 2 del artículo 8 del anterior Estatuto (artículo 9 del presente) sobre el sistema electoral, que pasaremos a ver seguidamente.

En conclusión, este presente Estatuto incidiría más en los puntos que podemos considerar como la problemática de la autonomía canaria: las divisiones internas y administrativas, el sistema electoral, el régimen económico-fiscal y los Cabildos, como habíamos señalado.

El presente Estatuto recoge todo lo referente a un supuesto sistema democrático, y se dice supuesto porque hay autores que consideran que su sistema electoral no es tan representativo como debería de ser, convirtiéndose en una de las polémicas más airadas en la configuración autonómica canaria. El Estatuto recoge, por lo tanto, a los órganos representativos del pueblo canario y sus funciones; en este caso, el Parlamento, que estaría constituido por Diputados autonómicos elegidos por sufragio universal directo, igual, libre y secreto.

            En ambos Estatutos, el presente y el anterior, se recoge que el sistema electoral es el de representación proporcional. Establecen el número de diputados autonómicos entre 50 y 70, que se fija en 60 según las disposiciones transitorias que luego veremos. También establece que cada isla constituye una circunscripción electoral. En cuanto a la figura del diputado del Común, el artículo 14 del presente manifiesta variaciones y añadidos con respecto al anterior Estatuto, pero lo que nos interesa es lo que menciona de la elección de estos representantes. Expresa que serán elegidos por mayoría de tres quintas partes de los miembros del Parlamento de Canarias. Del mismo modo, ambos Estatutos hacen mención al nombramiento del Presidente del Parlamento y al del Gobierno Canario, realizado mediante votación parlamentaria.

            Pero no sólo podemos analizar el sistema electoral mediante el articulado, sino también mediante las disposiciones transitorias, en concreto en la primera de ellas.

            En ambos Estatutos se establece que los diputados del Parlamento Canario serán 60 distribuidos territorialmente, se supone que por representación proporcional, como establece el artículo 9 del presente Estatuto, en vigencia. Corresponde a: 15 por Gran Canaria y 15 por Tenerife, 8 por La Palma, 8 por Lanzarote, 7 por Fuerteventura, 4 por La Gomera y 3 por El Hierro.

            Es decir, se establece la solución que planteaba a la problemática electoral, durante la transición democrática, el Partido Comunista, con el que converge la U.C.D.; es el sistema del 30-30-30. Pero esto plantea graves problemas: acentuación del insularismo y de la desigualdad política en el electorado, tanto a nivel insular como interinsular, pues pesan unos votos o representaciones más que otros u otras, y esto fomenta más la fragmentación en los procedimientos de autogobierno, con la consecuente inestabilidad política. Es la tendencia al insularismo, que “revive” el “pleito insular”, mencionada por varios autores, entre ellos los citados Alcaraz Abellán y Millares Cantero.

            Por último hemos de mencionar la misma tendencia para con el punto dos añadido a la disposición transitoria primera del presente Estatuto.

            Por lo tanto, para solucionar estas deficiencias se deberían reformar los criterios existentes en el sistema electoral por otros más viables, en funcion de las necesidades sociopolíticas actuales de la Comunidad Autónoma Canaria.

FUENTES

Constitución española. Texto íntegro. Civitas. Madrid, 1993.

Estatuto de Autonomía de Canarias. Reglamento del Parlamento. Parlamento de Canarias.

ALCARÁZ ABELLÁN, J. y MILLARES CANTERO, S.: “Capítulo IX. El marco político e institucional (siglos XIX-XX)”. Historia de Canarias. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 1995. Pp. 489-532.

ASÍN CABRERA, Mª A.: “Canarias y la Comunidad Europea”. Historia de Canarias. Vol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica. Valencia, 1992. Pp. 873-888.

GONZÁLEZ CASANOVA, J.A.: “Las comunidades autónomas en la Constitución de 1978”. La constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Servicio Central de publicaciones del gobierno vasco. Departamento de la presidencia. Oñati-1983.

HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA, J.: “El poder local: fuerzas políticas y autonomía”. Historia de Canarias. Vol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica. Valencia, 1992. Pp. 841-856.

LOJENDIO E IRURE, I. Mª DE: “Normativa constitucional y política autonómica”. La Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Servicio Central de publicaciones del gobierno vasco. Departamento de la presidencia. Oñati-1983.

MORA MORALES, M. (ed.): Nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias. (De acuerdo con el B.O.C. de 13 de enero de 1997). Globo. Islas Canarias, 1997.

NOREÑA SALTO, Mª T. y ASÍN CABRERA, Mª A.: “Canarias en la política internacional”. Historia de Canarias. Vol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica. Valencia, 1992. Pp. 857-872.

NOREÑA SALTO, Mª T.: Conferencia sobre el Estatuto de Autonmía de Canarias y su problemática o desarrollo histórico dada en la U.L.P.G.C. el 16 de diciembre de 1997, de la cual se tomó nota.

PÉREZ DÍAZ, P.: El problema canario. Imp. Gutemberg. Sta. Cruz de La Palma, 1910.

TORNOS, J.: Legislación sobre comunidades autónomas. 2.Tec


[1] MORA MORALES, M. (ed.): Nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias. (De acuerdo con el B.O.C. de 13 de enero de 1997). Globo. Islas Canarias, 1997. En base a la reforma de la Ley orgánica 10/1982 de 10 de agosto, aprobado por el Consejo de ministros el 30 de diciembre de 1996.

[2] Estatuto de Autonomía de Canarias. Reglamento del Parlamento. Parlamento de Canarias. Esta edición del estatuto de 1982 es más práctica ya que pone anotaciones en los márgenes sobre los contenidos del articulado. También podría consultarse la edición de TORNOS, J.: Legislación sobre comunidades autónomas. 2. Tecnos. Madrid, 1984. Pp. 240-266.

[3] Constitución española. Texto íntegro. Civitas. Madrid, 1993.

[4] GONZÁLEZ CASANOVA, J. A.: “Las comunidades autónomas en la constitución de 1978”. La constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Servicio central de publicaciones del gobierno vasco. Departamento de la presidencia. Oñati-1983. P. 37.

[5] En la página 11 de la edición del Parlamento de Canarias, ya citada. Es la que se va a seguir.

[6] Se seguirá la edición ya mencionada de Manuel Mora Morales.

[7] LOJENDIO E IRURE, I. Mª de: “Normativa constitucional y política autonómica”. La Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Servicio… Oñati-1983. P. 126.

[8] Ibidem, p. 130.

[9] En una conferencia impartida el 16-12-97 de la que se tomó nota.

[10] HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA, J.: “El poder local: fuerzas políticas y autonomía”. Historia de Canarias. Vol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica, Valencia, 1992. Pp. 841-856.

[11] ALCARAZ ABELLÁN, J. y MILLARES CANTERO, S.: “Capítulo IX. El marco político e institucional (siglos XIX-XX)”. Historia de Canarias. Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 1995. Pp. 489-532.

[12] NOREÑA SALTO, Mª. T. y ASÍN CABRERA, Mª A.: “Canarias en la política internacional”. Historia de Canarias. Vol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica. Valencia, 1992. Pp. 857-872. Y ASÍN CABRERA, Mª. A.: “Canarias y la Comunidad Europea”. Historia de CanariasVol. IV. Siglos XIX-XX. Prensa Ibérica. Valencia, 1992. Pp. 873-888.

[13] ALCARAZ ABELLÁN, J. y MILLARES CANTERO, S., op. Cit., p. 529.

[14] Ibidem, p. 532.

[15] Ya en 1910 encontramos estas problemáticas, polémicas, etc., en la contestación canaria al informe del Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación acerca del régimen político administrativo canario, PÉREZ DÍA, P.: El problema canario. Imp. Gutemberg. Santa Cruz de La Palma, 1910.

[16] Existen numerosos estudios sobre esta temática, entre ellos el clásico de Marcos Guimerá Peraza.

[17] En la obra citada que edita el Parlamento de Canarias con el Estatuto de 1982, aparece el Reglamento del Parlamento de Canarias (aprobado en sesión plenaria de 17 de abril de 1991 y modificado en sesión plenaria de 28 y 29 de marzo de 1995).

[18] Véase también la Ley Orgánica 11/1982, de 10 de agosto. Trasferencias complementarias a Canarias. Está  contenida en la obra de TORNOS, J.: Legislación sobre comunidades autónomas. 2. Tecnos. Madrid, 1984.

[19] Nos remitimos a sendos artículos de Noreña Salto y Asín Cabrera en la obra ya citada.

Rousseau y su Emilio: un estudio sobre la educación y su historia

Estándar

 He rescatado del olvido este trabajo universitario sobre la educación en el periodo de la Ilustración, ahora que está en peligro nuestra educación pública. Este autor y ésta época sentaron las bases de la educación moderna, pues aunque parezca increíble en épocas anteriores no se contemplaban todos estos aspectos que hoy día consideramos tan importantes y naturales en la educación y en la relación con el niño. Como explico en mi trabajo, este autor es clave en esta etapa de nuestra Historia, tanto filosóficamente como históricamente, como en el campo de la educación y no será la única obra que compartiría con nosotros al respecto.

ROUSSEAU Y SU EMILIO

 Auxiliadora Rodríguez Suárez

 Historia de la Educación

 

La obra pedagógica de este autor debe enmarcarse en la época de la Ilustración (s. XVIII) en la que vivió.

Muchos autores vislumbran que en esta época hay un cambio de mentalidad que se va a traslucir en la educación. Es decir, anteriormente sólo contaba el linaje a nivel familiar (familia extensa) y en esta época se impone la llamada “familia nuclear”, dentro de la cual, el niño es cada vez más querido, al menos en las capas medias y altas de esta sociedad, las que podían dedicar más tiempo a sus cuidados y educación. Quizá podamos entroncar este cambio de mentalidad dentro del movimiento ideológico-cultural “revolucionario”, que resultó ser la Ilustración, con ese concepto básico de igualdad, así como los de libertad y felicidad, que se va a traslucir en parte a la relación entre educador y alumno, como observaremos en Emilio.

Ante esto, el niño se considera ahora como un individuo, su educación y bienestar se convierten en preocupaciones nuevas para los padres en los medios acomodados. Esto es patente en las obras de arte y en las literarias, -así como en los estudios sobre la vida privada de la época-, como ocurre dentro de las segundas con el Emilio de Rousseau, que si bien contempla este aspecto, aún discrimina por sexos, según manifiestan algunos estudiosos.

En ese primer aspecto artístico, encontramos numerosas muestras de ese nuevo y floreciente cariño a los que alguien, de cuyo nombre no me acuerdo, o no quiero acordarme, como decía Cervantes, denominó como “esos pequeños locos”, “esos pequeños genios”, “los que a menudo se nos parecen”, como dice la canción de Serrat. Y ese parecido tiene algo que ver con la labor del educador. Si nos retrotraemos a estas fuentes artísticas pictóricas, encontramos hermosos y entrañables retratos de esta “felicidad familiar” convertida por entonces en un valor. Incluso, en esta época proliferan los retratos infantiles, tanto individuales como en grupo, tan contrarios a los que pintó Velázquez de los niños pobres y mendigos un siglo antes. En esta línea, es de destacar que en los hogares de estas capas sociales se dispone por entonces de un espacio especial para ellos, para sus juegos y las lecciones del preceptor, antes no visto.

Sin embargo, y por desgracia, ese concepto de igualdad no fue aplicable en su época y ni aún hoy lo es, pues los niños pobres no tenían, y no tienen en el caso de muchos países llamados tercermundistas (sin tener en cuenta que en Europa se estuvo y se está en poblaciones marginales, como algunas gitanas, al mismo nivel), una educación y cuidados, tanto familiar como escolar o “académica”, y en especial para las niñas y mujeres (a menudo asimiladas a la condición de niños y esclavos en tiempos pasados y actuales). A los cuales se sometía, y somete, a trabajar duramente y se les reducía, o reduce, a lo que nuestros padres y abuelos llamaban las “Cuatro Reglas”, y aún ni eso. Ante estas circunstancias veremos cómo estos derechos de igualdad, y de educación, serán reclamados en la Francia de Rousseau durante la Revolución (1789-1799), puesto que, como menciona Bowen, se confía en el gran poder de la educación. Pero la extensión de la escolarización en los siglos XVII-XVIII siguió siendo una operación limitada, aunque lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XVIII se plantean cambios importantes1. Según Moreno, Poblador y del Río, aparecerán los enciclopedistas que criticarán duramente la educación y organización de las escuelas -entre los que se encontrará Rousseau-, preconizando una escuela nacional, laica, científica y natural.2

El tema que nos ocupa es el del papel del educador, a través de la obra de Rousseau, que compararemos o referiremos al existente en otras épocas, o para llegar a su mejor entendimiento, puesto que Rousseau no fue el primero en tocar este tema, o para ver las repercusiones que tendrá, como ocurre en Pestalozzi y otros.

BIOGRAFÍA

 

Son increíbles los paralelismos entre la vida de Rousseau y la ficticia de Emilio, como más adelante constataremos. Esto puede explicar la génesis de esta obra.

Jean-Jacques Rousseau nació en 1712, de origen humilde. Su madre muere en el lecho de parto. Su padre, Isaac, de origen hugonote, es relojero. De su padre recibiría una desordenada y extraña educación. Estuvo siempre enfermizo y tuvo muy poca educación escolar, y fue en gran parte autodidacta. Su padre lo abandonó y es recogido por un tío materno que lo envía junto con su hijo al campo, a casa de un pastor calvinista.

De diez a doce años, es sometido por primera y única vez a una disciplina escolar. Este pastor le enseñó latín y otros principios básicos. Durante una serie de viajes y vicisitudes su afán insaciable por los libros le lleva a leer todo lo que cae en su mano y gasta su salario en alquilar libros. Asimismo, tiene sus primeros escarceos amorosos.

Se dedicó a la pedagogía (preceptor) entre 1734 y 1736, sin grandes resultados.

Hacia 1745 intima con una criada de 25 años y analfabeta, Thérèse Lavasseur, que se convertirá en su compañera y madre de sus hijos, a los que abandona en el hospicio. Esto será algo que le recriminará Voltaire, tachándole de hipócrita.

En 1754 escribe la primera versión de Emilio, que es prohibida en Francia; y entre 1760-1761 redacta otras dos versiones

Piensa que todo el mundo le espía y le vigila, como lo consigna en sus Diálogos y de esta manera fallece el 2 de julio de 1778.3

 

 

EMILIO O DE LA EDUCACIÓN

 

ROUSSEAU ya nos apunta en el prefacio de esta obra su objetivo: hablar de la buena educación, pues «desde tiempos inmemoriales, no hay otra cosa que un clamor contra la práctica establecida, sin que a nadie se le ocurra proponer otra mejor» (p. 28). Su idea no es la meramente filosófica, sino que contempla el arte de formar hombres.

Dice que no se conoce nada de la infancia. Esta idea podría estar en relación con la suya propia y sus vicisitudes. Lo curioso es que él mismo cae en el “pecado” de ese desconocimiento, pues su acción de dejar a sus cinco hijos en el hospicio no dice mucho a su favor. Dice que lo que se hace en su época es buscar siempre al hombre en el niño, sin pensar en lo que es antes de ser hombre. Ese es el estudio al que dedica su obra, aunque reconoce que su método pueda ser quimérico y falso; dice que podrían ser aprovechadas sus observaciones. Lo primero que debería hacer un maestro, dice, es estudiar mejor a sus alumnos, previendo así que el alumno es único y que debe ser estudiado para poder enseñársele, y que así aprenda según sus propias palabras; se trataría de un tratado de educación para padres y madres, pero a lo largo del libro demostrará que no es realmente lo que pensaba. Para ello, antes debiéramos aplicar la máxima de Sócrates: «Conócete a ti mismo».

Propone dos principios básicos en su prefacio para la educación: que se adapte y sea conveniente al hombre y al bien de su corazón. Asimismo, la mayor o menor facilidad de ejecución de las circunstancias particulares, del país, de la clase social, del alumno. Sin embargo, esto último no entra en su tema. Esta obra debe servir como modelo de reflexión de una educación que pudiéramos considerar como ideal, pero él no se ocupa de su aplicación en la práctica. Esto podría deberse a sus propios fracasos en la práctica educativa.

Es curioso, y significativo de su formación, que las explicaciones de las figuras (p. 31) se refieran a la mitología griega, ejemplificando metafóricamente sobre los temas que se tratan en cada uno de los cinco libros, dividiendo las etapas de enseñanza-aprendizaje por edades.

La Figura I representa la primera etapa de la enseñanza: el niño de pecho. En ella una madre tiene gran importancia. En este caso, Tetis con Aquiles. Este papel maternal será un tema recurrente en pedagogos posteriores; por ejemplo, Pestalozzi, Fröebel, las hermanas Agazzi, etc.

Figura II: se representa al tutor de la infancia (años 2-12), en una enseñanza basada en los ejemplos, en la naturaleza, esencialmente sensorial y física; en este caso, Quirón con Aquiles. Es decir, Rousseau y Emilio.

Figura III: representa la ciencia empírica, la enseñanza de los oficios, el aprendizaje mediante el descubrimiento (12 a 15 años). En este caso, con Hermes, dios de artesanos. Podríamos decir que el educador ejerce el papel orientativo y el alumno aprende descubriendo.

Figura IV: representa la educación moral y religiosa (15 a 20 años). En este caso, mediante Orfeo, que enseña a los hombres el culto a los dioses. Esta educación está infundida por el educador.

En la Figura V representa el contacto con la mujer, es un tratado de educación esencialmente masculina. Representa los valores del matrimonio, la buena esposa, y el aventurero viajero, así como un desenlace final, óptima consecuencia de la madurez del hombre. En este caso, a través del mito de Circe, Ulises y Penélope (La Odisea, Homero). Podría expresar metafóricamente los engaños de esta vida, los viajes errantes que enriquecen al hombre de conocimiento y el papel de la esposa siempre fiel y centrada en su hogar, mostrando un ejemplo de su propia vida que fue bastante errante y su mentalidad que discrimina, en parte, a la mujer.

Éste es esencialmente el contenido temático de la obra, pero requerimos, para su mejor compresión, un resumen de la misma.

 

Emilio, nacido como criatura pasiva y receptiva, es la criatura en la que su maestro experimenta su método pedagógico. El alumno va animándose a medida que aquél (Rousseau/maestro) le va desdibujando por etapas. Huérfano y de familia rica, crece lejos de las aglomeraciones urbanas sin más guía que su voluntad y las leyes de la Naturaleza; más en contacto con las cosas que con los libros, al contrario que el sistema educativo de la época, con la única referencia de la historia escrita de Robinson Crusoe. Se le encomienda aprender un oficio, como el de carpintero, hasta que se da cuenta de que espontáneamente, por instinto -comparable a la teoría de Pestalozzi- (uno de los principios de Rousseau, en este caso en materia pedagógica, que creía en la naturaleza del hombre aplicable a este concepto), surgen en él los sentimientos morales, sociales y religiosos.

Entonces se enamora de Sofía, a la que encuentra por un ardid de su “maestro”, la cual ha sido educada en el campo con la única finalidad de hacer feliz a un hombre y de dedicarse a su familia. Su maestro le obliga a viajar durante unos años, aprendiendo con sus experiencias sobre personas, pueblos y estados. Sólo entonces, podría formar una familia con su compañera predestinada y dar así principio a una nueva sociedad.

Es significativo el hecho de que su obra se parezca mucho a su vida, así que es probable que como en su propio método expone basara su teoría educativa en su propia experiencia, así como en las numerosas lecturas que realizó durante toda su vida.

Para él, la educación se hace más por el alumno que por el maestro o preceptor, pero no en el sentido de razonamiento como apuntarían Sócrates o Locke, sino por el instinto, con lo cual el papel del educador será el de mera guía, como él mismo expresa en las páginas 54-55 y en la 107. Aunque Moreno, Poblador y del Río expresen que lo que Rousseau propone es la educación natural teniendo a la naturaleza como la verdadera y única maestra donde no es preciso que el educador intervenga, pues es una concepción autoformativa basándose en la naturaleza misma4. Pero, aunque es cierto que la naturaleza es instructora a modo de ejemplos, Rousseau deja clara la intervención, como guía, del padre, madre y preceptor o ayo, pues los deberes del hombre, única ciencia a enseñar a los niños, como expone en la p. 55, sólo podrían ser enseñados por el hombre mismo, exceptuando la etapa infantil donde los adultos estarían en segundo plano.

Otra cosa sería el concepto de orden natural, en el terreno de la educación, que Rousseau propondría, según Bowen, en una secuencia que recorre la naturaleza, las cosas, el hombre5, mediante la experimentación, el instinto, pero siempre guiado u orientado por el ayo.

Al hablar de las madres, lo que hace Rousseau es criticar las costumbres de su época, puesto que considera que el deber de la misma debe ser amamantar a su hijo y darle ternura, y no dejar su crianza en manos de una nodriza (pp.46-47); y no sólo por eso, sino porque el ambiente familiar se habría perdido -al menos para clases pudientes, a las que él se dedica- ese estado natural, es decir, esa responsabilidad de ser padres y madres y de encargarse o preocuparse de los hijos en su más tierna infancia, incentivando en sus hijos el preciado valor moral del amor filial a los padres. Esto podríamos relacionarlo con la propia biografía de Rousseau, carente de estos cariños y de ese sentimiento por sus peculiares circunstancias. En épocas posteriores veremos cómo el papel de las mujeres será determinante en la educación: en Fröebel, del cual Escolano Benito resalta que careció de cuidados adecuados en su infancia y que fue huérfano de madre, creando el “jardín de infancia”, donde las mujeres que formaban el profesorado proporcionaban afecto al niño6. Tiene eco en las hermanas Agazzi, al igual que en Pestalozzi, pues, de hecho, este último escribe su obra más famosa, Como Gertrudis enseña a sus hijos, dirigida a madres y maestros, sin duda imbuido en su propia experiencia infantil, pues su madre actuó como su afectuosa educadora, ya que él fue huérfano de padre. Aunque Lozano habla de que su experiencia nefasta en su propia educación le llevó a orientarse a facilitar la de los demás7. Todos ellos con clara influencia rousseauniana, directa o indirectamente, según destacan la mayoría de autores consultados.

No obstante, en este punto, y Rousseau es bastante claro, señala que el niño «será mejor educado por un padre juicioso y limitado que por el maestro más hábil del mundo» (p. 51), pues en realidad la verdadera nodriza debe ser la madre, y el verdadero preceptor, el padre; por eso, quizá presenta a Emilio como huérfano, para probar la efectividad de su método, ya que la obra está en función de su teroría educativa. Serán las malas costumbres las que perviertan el estado natural del hombre, la sociedad ideal de Rousseau que, según Bowen, se basó en La República de Platón, como el autor del Emilio especifica8. Rousseau llega a expresar algo que llama la atención: «Quien no puede cumplir los deberes de padre -entiéndase alimentar y educar- no tiene derecho a serlo» (p. 52). Esta frase y el contexto en que se adscribe dan lugar a la crítica que le hace Voltaire por hipócrita, ya que Rousseau abandonó a sus cinco hijos en un horfanato, lo cual nos da idea de que su obra, articulada al modo de tratado de educación, más bien guardaba una aplicación teórica y no práctica para él, puesto que expresa que no hay justificación posible para no ejercer la paternidad, contradiciéndose de este modo a sí mismo, pues no hay sustitutos del padre como preceptor.

Asimismo, expresa que el preceptor, un hombre, debe ser un “compañero de juegos” (p. 53), al modo que recuerda de lejos a los griegos o romanos. Coincide con Quintiliano en el punto en el que el maestro debe ser amigo de sus discípulos y ha de saber adaptarse al niño, pues, como dice Rousseau: «al alumno hay que tratarlo según su edad» (p. 109) y no como a un adulto, al modo como se hacía en su época y que él critica en su obra. Quizá esto deberíamos aplicarlo en el sentido que resalta Bowen de que el tutor, en la etapa de la niñez a la pubertad debe abstenerse de dar lecciones formales al niño que le aporten algún material cognitivo9, probablemente para no contaminarle de sus “defectos” adquiridos y preservar su “educación natural”, pero siempre bajo su control, porque si no sería un “niño salvaje”, o, demasiado vulnerable con respecto a los peligros que entraña la vida, como expresa en la página 79. Estas ideas las considera como cláusulas o condiciones fundamentales:

 

Emilio es huérfano. No importa que tenga padre y madre. Cargado con sus deberes, yo les sucedo en todos sus derechos. Debe honrar a sus padres, pero sólo a mí debe obedecer. Es mi primera, o mejor, mi única condición.

A ésta debo añadir otra que no es sino su secuela: nunca se nos separará al uno del otro sin nuestro consentimiento. Esta cláusula es esencial, y querría incluso que el alumno y ayo se considerasen tan inseparables que la suerte de sus días fuera siempre entre ellos un objeto común (p. 57) [Lo subrayado es mío

 

Estas ideas las extrae de la comparación que establece entre los niños del campo y los de la ciudad a la hora de aprender el lenguaje, con la madre, puesto que las campesinas no sobreprotegen y no atienden tanto a su hijo, como las amas de los niños de ciudad, por falta de tiempo, con lo cual el niño se ve obligado a aprender a hablar correctamente por necesidad, para sobrevivir (p. 84). Pero esto no excluye la intervención materna en el proceso, ya que los niños se supone que “copian” lo que oyen, pues -como expresa- el alumno debe ser educado y aprender mediante la libertad bien regulada, no debe recibir lección verbal, pues no aprenderá nada de memoria, ya que esto se convertiría en una emulación y/o erudición como sabemos que planteaba Quintiliano. Esto se debe a que pensaba que la lección debía recibirla de la experiencia y también que no se le debía dar castigo alguno, puesto que el niño estaba desprovisto de moralidad en sus acciones. Es decir, se basa en la teoría del “buen salvaje” aplicada al niño, o lo que es lo mismo, el salvaje visto como un niño o viceversa, según se aplique a otras etnias descubiertas en este siglo XVIII, o en materia educativa, al niño. Ésta es una concepción que explica el por qué es una teoría distinta a la referida por Quintiliano, pues éste no debía concebir al hombre de forma determinista como un ser bueno por naturaleza, al cual la sociedad corrompe, siendo por eso tan importante para Rousseau la tarea del educador. Esta idea es sobre la que gira toda su obra, como parece resaltar también Bowen.

 

En cuanto al salvaje, es distinto; no estando atado a ningún lugar, no teniendo ninguna tarea prescrita, no obedeciendo a nadie, sin otra ley que su voluntad, se ve obligado a razonar en cada acto de su vida; no hace un movimiento, ni da un paso sin haber considerado de antemano las consecuencias. De este modo, cuanto más se ejercita su cuerpo, más se esclarece su espíritu, su fuerza y su razón crecen a la vez y se extienden la una mediante la otra. (p. 149)

 

Visto desde esta idea, sus teorías pedagógicas se muestran más coherentes, aunque son un poco ingenuas. Por esto, explicamos el que desechase el aprendizaje en los libros en edad temprana, pues sustituyen a la experiencia y las sensaciones, pues nunca se debe mostrar al niño nada que no pueda ver, según él.

De esto podríamos deducir que Rousseau pretende que Emilio aprenda en la realidad y que esa realidad es la naturaleza misma, siendo inherente al desarrollo del ser humano de forma natural o correcta. A estas ideas se acercaban Pestalozzi y Fröebel. Este último consideraba que la educación debía conducir y guiar al hombre a la claridad con respecto a sí mismo y en sí mismo, a la paz con la naturaleza y a la unidad con Dios. De hecho, creía firmemente en la libertad y creatividad humanas, en la bondad natural del niño y sostiene que la educación, para que sea más efectiva, ha de basarse en las necesidades de éste10.

En la etapa de la adolescencia Rousseau orienta a Emilio en sus lecturas y contribuye a su desarrollo moral, siguiendo con ese papel orientativo.

En cuanto a las niñas y mujeres, representadas por Sofía, se las debe educar de distinta manera, pues son distintas, ya que sus trabajos son diferentes y por consiguiente los gustos (p. 491). Esta idea era habitual en la época de Rousseau.

Su educación debe ser dada por otras mujeres, preferiblemente en un convento, puesto que Rousseau creía que las costumbres adquiridas se perpetúan en la educación si no se cuida de que esto no llegue a ser así, con lo cual indirectamente reconoce que la mujer no es pasiva y débil por naturaleza, sino por costumbre o por enseñanza.

Así pues, concluimos comprobando que el papel del educador para Rousseau no es tal, sino que es de orientador o guía, aunque bajo esto subyace un control que lleva a desvirtuar esa “educación natural” que propugna, pues llevaría al alumno a donde él quiere que llegue, manipulando sus circunstancias para respaldar su teoría metodológica con el único fin de hacer una crítica social, aunque Moreno, Poblador y del Río vean este papel sólo como el de mero “coordinador de experiencias naturales”11.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

BOWEN, J.: Historia de la Educación Occidental. T. III. El Occidente Moderno. Europa y el Nuevo Mundo. Siglos XVII-XX. Herder. Barcelona, 1992.

 

ESCOLANO BENITO, A.: Historia de la Educación. II. La Educación Contemporánea. Diccionario de Ciencias de la Educación. Anaya. Madrid, 1985.

 

LOZANO, C.: La educación en los siglos XIX y XX. Síntesis. Madrid, 1994.

 

MORENO, J.M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D.: Historia de la Educación. Paraninfo. Madrid, 1986.

 

ROUSSEAU, J.J.: Emilio o De la educación. Alianza. Madrid, 1990.

 

VV.AA.: Diccionario de las Ciencias de la Educación. Vol. I. Diagonal/Santillana. Madrid, 1983.

 

VV.AA.: Diccionario de Ciencias de la Educación. II. Rioduero. Madrid, 1983.

1 BOWEN, J.: Historia de la educación occidental. Vol. III. El Occidente moderno. Europa y el Nuevo Mundo. Siglos XVII-XX. Herder. Bardelona, 1992. P. 226.

 

2 MORENO, J.M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D.: Historia de la Educación. Paraninfo, Madrid, 1986. P. 288.

 

3 Para esta biografía se han consultado un estudio preliminar de Jorge Carrier Vélez, contenido en ROUSSEAU: El contrato social. Edicomunicación, Barcelona, 1994. Pp. 7-21 y LOZANO, C.: La Educación en los siglos XIX y XX.Síntesis. Madrid, 1994.

 

4 MORENO, J.M., POBLADOR, A. y Del RÍO, D., op. cit., pp. 297-298.

 

5 BOWEN, J., op. cit., p. 249.

 

6 ESCOLANO BENITO, A.: Historia de la Educación. II. La Educación Contemporánea. Anaya. Madrid, 1985.

 

7 LOZANO, C.: La educación en los siglos XIX y XX. Síntesis. Madrid, 1994. P. 75.

 

8 BOWEN, J., op. cit., p. 248.

 

9 BOWEN, J., op. cit., p. 251.

 

10 VV.AA.: Diccionario de ls Ciencias de la Educación. Vol. Y. A-H. Diagonal/Santillana. Madrid, 1983. P. 669.

 

11 MORENO, J. M., POBLADOR, A. y DEL RÍO, D., op. cit., p. 300.

 

Una noche: análisis social

Estándar

UNA NOCHE

 

“De noche todos los gatos son pardos”, o eso dicen. Lo cierto es que de noche pueden suceder más cosas de las acostumbradas en una vital ciudad de provincias, en una capital o en una villa con cierta cantidad de población. Jóvenes, desde los 15 años algunos, mayores –no demasiado ancianos-, salen entre semana o los fines de semana para conocer la noche. El mundo de la noche confunde, y no repitamos la famosa frase, a muchos insomnes amigos de la fiesta y del oloroso hidromiel de los dioses; es decir, todo aquel al que le guste beber, tanto agua –no mencionemos a los pastilleros de los que hablaremos más adelante-, como bebidas refrescantes o mezcladas, o solas, con bebidas de alcohol, licores varios, incluso colores, sabores y olores cada cual más atrayente o repelente, depende del usuario.

De este modo, la noche no sólo sirve para recuperar los daños ocasionados por los cansados días de otoño e invierno y los calurosos veranos. El que no duerme vive un sinfín de experiencias, algunas limitadas por el alcohol a una simple vomitona, un mareo o un “vacilón” o alegrón fuera de lo normal. Otras, relacionadas con el mundo del flirteo. Hay que distinguir dos tipos: la “bestia nocturna”, es decir, el “lobo” o “loba” que salen para ligar con alguien del otro sexo y, en los lugares llamados “de ambiente” del mismo sexo, consiguiendo un “rollo” o una relación que con el tiempo podría ser más duradera. Para esto debemos pasar por fases o por una espontánea e instantánea situación. Y los otros, los que flirtean con las drogas. Si estos dos elementos o individuos son los que acostumbramos a ver debemos añadir una tipología intermedia. En ella incluiremos a todos aquellos que salen por divertirse, por bailar –especialmente las mujeres- y oir buena música, los que salen para poder beber o hacer cosas que entre semana no pueden hacer, pues, sin duda, la noche desinhibe a la mayoría de sus ataduras morales, de sus tabúes, de sus rutinarias y monótonas vidas, rigurosas en contraposición con el mundo nocturno, más permisivo y dinámico.

El ocio desde siempre ha sido una parte esencial de la existencia del ser humano, y, podemos pensar que no siempre ha sido así, sin embargo, desde que el hombre dejó de preocuparse de su subsistencia, cuando la sociedad evolucionó, y podemos hablar de sociedades ricas y de sociedades pobres, el hombre desarrolló formas alternativas de disfrutar de la vida, especialmente de su juventud. Sin embargo, podemos pensar que desde que surgió la música, o, la danza mucho antes como simples movimientos corporales, el hombre empezó a practicar actividades orientadas al disfrute generando la adrenalina que fluía a sus cerebros.

De este modo, las danzas rituales, siempre relacionadas en principio con la religión que cada pueblo practica, los cantos dirigidos al Dios o dioses que tenía en cada ocasión, eran una forma de realizar estas actividades, más bien físicas pero dotadas de una connotación ideológica, con lo cual ambas partes, la física y la espiritual estaban cubiertas en el hombre primitivo, y que aún hoy permanecen.

En adelante, el hombre desarrollará su ocio en torno al mundo de la noche, pues el día es para trabajar y la noche tiene connotaciones mágicas, más bien negativas o demoniacas, por lo de la oposición entre el Bien equivalente al Día, lo que está claro, y el Mal equivalente a la Noche, lo oscuro, lo que se oculta. Obviamente, no todos los pueblos cuentan con la infraestructura necesaria para realizar actividades nocturnas y la mayor parte de ellas se desarrollan a la luz del día, es más, el día se dedica al trabajo porque la luz natural permite este fin, la noche se deja para el hombre al descanso, aunque en el reino animal hay animales de actividad nocturna que están dotados de medios fisiológicos aptos para este entorno. Por este motivo, estas actividades realizadas a la luz de la luna y de unos pocos fuegos, como la Noche de San Juan, se relacionan con el mundo del misterio, de la magia, de lo sobrenatural, de las tinieblas. Los elementos durante la noche mantienen su esencia pero oculta tras un velo de oscuridad, y, dada la curiosidad humana y animal, el hombre siente su atracción por lo que en ella sucede. La falta de luz actúa en la mentalidad del hombre moderno como anestesia casera para la moral y su transgresión se ve justificada dentro de los límites de la normalidad.

En la noche moderna, los hombres salen de sus casas, dejan el sueño aparcado al lado de la cama y se embuten en sus mejores vestimentas, algunos tienen un concepto personalizado de lo que consideran acertado y cómodo, para ver y dejarse ver. Se ejercitan el mironeo, las envidias, el deseo, de hombres a mujeres, de mujeres a mujeres, de hombres a hombres, de mujeres a hombres. A tal estado ha llegado la liberalidad de la sociedad en la que vivimos, que las noches en los mesones de antaño o de hace unos siglos han pasado a las discotecas, pubs, bares, terrazas donde la música, el baile y las bebidas son la nota dominante.

En esos lugares aguantan hasta el amanecer ejerciendo todas esas actividades que hemos mencionado, agolpándose unos contra otros, observándose, bailando, oyendo música, hablando con los amigos y conocidos, conociendo gente nueva, en definitiva, haciendo lo que llamamos “vida social”. En esos lugares, considerados por algunos –especialmente mayores- como lugares de perdición, de corrupción, se relacionan los jóvenes, los adultos, en busca de nuevas noticias, mostrando la moda de cada cual, las tendencias en los “fashion victim”, cotilleando en las vidas ajenas, y buscando nueva pareja o tu primera relación. Y, ¿por qué algunos lo consideran tan negativamente?. La explicación está en la liberalidad de costumbres que ha hecho que los antiguos guateques de nuestros padres, fiestas privadas con música y comida para que los jóvenes se conocieran, pasaran a convertirse en los locales donde los jóvenes, y no tanto, van a buscar relaciones esporádicas, a “echar una canita al aire” como se suele decir, en definitiva, a practicar sexo en un coche, en una casa, un hotel para los más pudientes, con alguien que hayas conocido o que esté más predispuesto a relacionarse contigo si ya lo conocías. Estas relaciones esporádicas, llamadas “rollo”, tanto en su versión corta –simples besos y toqueteos- como su versión completa –otras formas de sexo más explícitas-, son el detonante de la crítica social en nuestra época. Pero, según los que lo justifican, la noche es la única ocasión para practicar la necesidad más básica de la  biología, el placer de la reproducción, aunque obviamente no se pretenda conseguir que ésta se efectúe hasta sus últimas consecuencias, puesto que los mecanismos sociales han permitido este avance hacia formas de vida más liberadas de la moral tradicional.

Para ello confabula la música moderna, que es la escuchada en estos locales y en la radio, televisión y toda manifestación sonora posible, orientada en su mayoría a la temática amorosa, en sus versiones tanto de pasión como de desilusión. Ella induce a expresar lo que todos pensamos y sentimos en esta vida en torno a este concepto tan manido y difícil de definir, por lo cual nuestra mentalidad imperante es la que determina el éxito o fracaso de cada autor o de cada canción. Y a su vez, induce a que ésta cambie o se reoriente. La adrenalina fluye mejor cuando hay acción física, y los cuerpos en movimiento, el sudor, y las feromonas actúan como cóctel, especialmente veraniego –por el momento en que escribo y me inspiro-, para conseguir que las miradas sean cada vez más intensas y largas, los labios insinuantes durante la canción cantada y los movimientos en el baile más sensuales para seducir al otro que se halle receptivo a nuestras intenciones.

Sin duda, la noche se ha hecho para descansar, pues el cuerpo humano se regenera y recupera de la actividad diaria durante la vigilia, por lo que el aguante hasta altas horas del amanecer del día siguiente sólo es posible, teniendo mucha resistencia física, teniendo el sueño cambiado o consumiendo alcohol o drogas. Todo esto que he descrito se da en la noche y su mundo.

Una noche escribí todo esto robándole horas al sueño.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 5 de septiembre de 2005.

Jean Le Verrier, voz biográfica elaborada para la Enciclopedia Canaria. Una fuente más sobre Canarias.

Estándar

Sobre este sacerdote francés se desconoce la mayoría de su biografía, al menos en las fuentes canarias que tenemos a nuestra disposición, así que hay que recurrir a las únicas fuentes que nos hablan de él, Le Canarien, la crónica de conquista bethancuriana de Canarias. Esta voz nos acerca un poco mejor a su biografía y de paso a la conquista de las islas de Lanzarote y Fuerteventura por los normandos en el siglo XV y a su labor evangelizadora. Sondeando un poco más en una fuente importante para Canarias

JEAN LE VERRIER: Clérigo presbítero y limosnero del conquistador normando Jean de Béthencourt, sirvió de capellán de la expedición de conquista francesa del dicho señor y Gadifer de la Salle que sale del puerto de La Rochela en Francia en 1402 con doscientos hombres en dirección a las Islas Canarias. Escribió una crónica conocida como Le Canarien, la primera de las obras que informa sobre la conquista de las islas, junto con el padre franciscano Fray Pierre Bontier o Boutier, monje de Saint-Jouin-des-Marnes, aunque Bonnet y Reverón atribuye únicamente a éste último la autoría de la obra. Apenas se conocen datos biográficos sobre él, por lo que debemos emplear especialmente los relatados en la citada crónica que hacen alusión a este clérigo.

Según Viera y Clavijo, su obra trata de la conquista de los normandos en las islas, desde la salida del puerto de La Rochela, hasta el fallecimiento de Jean de Béthencourt. Viera les da crédito y fiabilidad fundado en que lo que relatan eran hechos públicos de los que fueron testigos. Sin embargo, la fuente original no se conserva por lo que los historiadores han utilizado las dos versiones reformadas que se conservan en la actualidad, que sirvieron de alegato legal tras la ruptura entre Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt, que están entresacadas de la original escrita por los eclesiásticos normandos.

Según Cioranescu, la versión de Gadifer de la Salle, que citaremos como G, fue cronológicamente la primera y es obra personal suya escrita por él entre 1404 y 1408. El papel de los clérigos que se mencionan en su primera página debe haber sido real, pero su texto, que cubre sólo los inicios de la empresa, ha sido tantas veces manipulado y reestructurado por Gadifer, que la crónica de Bontier y Le Verrier debería considerarse como fuente. La obra de Gadifer había sido empezada por los dos clérigos como unas efemérides escritas sobre la marcha, a medida que se producían los acontecimientos, pero de este carácter primitivo muy poco se trasluce en la forma actual. Ellos mismos, en primera persona del plural, habían declarado su intención en el prólogo de su obra de poner por escrito las cosas que les acontecieron en la expedición en un principio y la manera de su gobierno, de lo cual –afirman- pudieron tener seguro conocimiento desde que salieron de Francia hasta el 19 de abril de 1404, en que Béthencourt llegó a las Islas Canarias; en adelante la escritura del libro lo realizarían otras manos, Gadifer y Jean V de Béthencourt, sobrino del conquistador, pensando proseguir su escrito hasta el fin de la conquista. El segundo texto, que citaremos como B, es una refundición del primero y adjudica a Jean lo que Gadifer presenta supuestamente como obra propia. Es una crónica familiar, siendo el más inexacto de los textos, por intereses partidarios, al supravalorar la labor de Béthencourt y minimizar la de Gadifer de la Salle. Esta última fue la que conoció Viera y Clavijo, que será el primer historiador que la aprovecha metódica y críticamente, por lo que la información que aporta sobre la conquista normanda es susceptible de crítica, pues es una versión partidista de los hechos.

La intención original del viaje acorde con la mentalidad de la época era seguir con los viajes y conquistas que se realizaban sobre los infieles con la esperanza de cambiarlos y convertirlos a la fe cristiana. De ahí la presencia de los dos clérigos, ya que la evangelización era uno de los objetivos fundamentales de estos viajes. En todo momento se hace mención en la obra de que el viaje se realizaba para honra de Dios y para mantenimiento y aumento de la santa fe cristiana. De este modo, Fray Pierre Bontier y el señor Jean Le Verrier, se embarcaron con Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt, como capellanes, cronistas y apóstoles de Canarias.

Se encontraron con algunas dificultades debido a las disputas con Bertín de Berneval, que traicionó a Gadifer de la Salle. Ambos eclesiásticos se mantuvieron leales a Gadifer de la Salle. Lo que ocurrió fue que estando éste sin víveres en la isla de Lobos, para cazar lobos marinos, salieron los dos capellanes y dos escuderos del castillo de Rubicón y se fueron en dos botes en busca del maestre de la nave Morella, que estaba en el puerto de la isla Graciosa, donde estaba la nave Tajamar, los cuales le rogaron al maestre de la nave que les hiciese el favor de ayudar a Gadifer de la Salle, que estaba en la citada isla de Lobos con otros diez hombres sin comer desde hacia 8 días. Tras el rescate de Gadifer de la isla de Lobos, estando en la nave los dos capellanes, algunos días después, vieron llegar de Rubicón los dos botes cargados de víveres y de muchas otras cosas que pertenecían a Gadifer, y rogaron al maestre de la nave Morella, Francisco Calvo, que viniese con ellos a la nave Tajamar, con dos escuderos de Gadifer. Entonces Bertín de Berneval pretendió que esas cosas le pertenecían y que lo podrían certificar los dos capellanes presentes. Estos le respondieron delante de todos que sabían que cuando vino con ellos al principio sólo tenía poco o nada suyo, y que al contrario, el señor de  Béthencourt y Gadifer de la Salle eran los dueños de todo aquello. Entonces los dos capellanes y los dos escuderos salieron de la nave y pidieron a Bertín de Berneval, que se había quedado con aquellas cosas, que les dejasen a Isabel la canaria para hablar a los habitantes de la isla, y su bote, porque éste se lo había quitado y no podían salir adelante sin él. Cogieron su bote y salvaron de morir ahogada a Isabel la canaria, a la cual Berneval había tirado del barco al mar. A su vez, dispuesto a marcharse Bertín dejó en tierra a algunos de sus compañeros en la traición, y éstos se quejaron ante los capellanes y los escuderos, y algunos de ellos incluso se confesaron con el señor Jean Le Verrier.

La víspera de Pentecostés, en 1403, administraron los capellanes el sacramento del bautismo, con general aplauso, a ochenta naturales de Lanzarote. A su vez, será Jean Le Verrier el encargado de catequizar y bautizar con el nombre de Luis, en solemne ceremonia el día primero de cuaresma, al rey Guadafría que, desde el 20 de febrero de 1404, tras haberse sometido, había expresado su deseo de que se le administrase el bautismo a él y a su familia, sirviendo de ejemplo al resto de isleños.

Para realizar mejor su labor evangelizadora los capellanes de la conquista Fray Pierre Bontier y Jean Le Verrier elaboraron un catecismo incluido en las dos versiones de la crónica Le Canarien que, según Viera y Clavijo, era sencillo pero acomodado a la capacidad de los isleños. Para Viera y Clavijo, la claridad, la precisión, y sobre todo, la noticia circunstanciada de ambos Testamentos reinan en esta obra con método superior al de nuestros catecismos vulgares. El catecismo elaborado por aquellos era bastante sencillo y consta de seis capítulos. El primero trata de Dios, de la creación del mundo, del estado de inocencia, del pecado de Adán. El segundo, del diluvio universal, del arca de Noé, de la torre de Babel. El tercero, de Abraham, de Jacob, de Moisés, de la salida del pueblo de Israel de Egipto, de la idolatría en el desierto, de los profetas, de la encarnación del Verbo, del nacimiento, vida, milagros, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. El cuarto, de la venida del Espíritu Santo, de los apóstoles y su predicación. El quinto, del credo o símbolo de la fe, de los mandamientos del decálogo, de las figuras de la ley antigua. El sexto, del santísimo sacramento de la eucaristía, de la misa, de la confesión, del pecado mortal, de los milagros, de la resurrección universal, del juicio.

Jean Le Verrier permaneció en Fuerteventura por orden de Béthencourt, durante la estancia de éste en Francia. A su vuelta, en Valtarajal, el señor de Béthencourt había hecho construir una capilla en donde hizo poner vestidos, una imagen de la Vírgen y vestuario de la iglesia, un misal y dos campanas pequeñas. Ordenó que se llamase Nuestra Señora de Béthencourt y allí se instaló el primer cura del lugar, que sería Jean Le Verrier. Según el texto B, este clérigo vivió allí el resto de su vida muy contento, sin embargo, en la misma crónica B se contradice en torno a la estancia de Le Verrier en la isla de Fuerteventura, pues se reflejan las últimas noticias que tenemos en torno a la biografía del capellán. Éste había pedido a su señor, como cura del Rubicón, que le permitiese volver con él a Francia en su salida definitiva de las islas, y así pues atendió a Jean de Béthencourt en su muerte. La versión de Jean de Béthencourt, el texto B, llega hasta el fallecimiento del conquistador, que murió en 1425, y fue Jean Le Verrier, su capellán, que él  había llevado y hecho venir de las islas de Canaria, quien escribió su testamento y estuvo presente en toda su enfermedad y fallecimiento, asistiéndole en sus últimos momentos.

 

 

Bibliografía

 

BERTHELOT, Sabino y BARKER-WEBB, P.: Etnografía y Anales de la conquista de las Islas Canarias (I. Introducción: Estudios bibliográficos). El Museo Canario, Las Palmas, 1977.

BONNET Y REVERÓN, Buenaventura: Las Canarias y la conquista franco-normanda. II. Gadifer de la Salle. C.S.I.C. I.E.C., La Laguna, 1954.

CIORANESCU, Alejandro: Juan de Bethencourt. Act. Aula de Cultura de Tenerife, 1982.

Le Canarien: crónicas francesas de la conquista de Canarias. Introducción y notas de Alejandro Cioranescu, Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1986.

VIERA Y CLAVIJO, Joseph de: Noticias de la Historia General de las Islas Canarias. Tomo I, Introducción y notas del Dr. Alejandro Ciornescu, Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1982.

 

El brillo de una lucecita

Estándar

El brillo de una lucecita

 

Hubo una vez una lucecita que iluminaba solo una pequeña partícula de espacio en la noche más oscura. Tan pequeña era que si estaba sola, sin sus amigas, ella brillaba pero no era más que un punto en la inmensa boca de la noche. Lucecita era tímida y solo se asomaba cuando algún caminante si acaso necesitado de su luz, ella, tan bondadosa, se le mostraba, pero ¿qué podía hacer una luciérnaga solitaria? Mientras más sola más brillaba, pues parecía que espantaba así las sombras. Lucecita iluminaba el camino errado de miles de almas, pero eso no la contentaba, pues estaba tan triste porque no podía comprender dónde se habían metido las demás luciérnagas, ¿acaso ya solo quedaba ella?

            Mientras estaba con sus pensamientos y tribulaciones, Lucecita se iba apagando cada día más, sin gozar de la compañía de sus queridas amigas, que se hacían de guías unas a otras.

            Un día, Lucecita llegó a un páramo solitario y cuando apareció La Luna empezó a ver mejor, pues antes su vista estaba cegada por la oscuridad y pudo entrever pequeñas luces en aquel recóndito lugar, parada de un largo viaje.

            —Te estábamos esperando hace tiempo, Lucecita –le dijo con sus luces intermitentes otra luciérnaga.

            —¿En serio? Esperé tanto tiempo pero nadie apareció, creí que ya era la única y casi había perdido la esperanza.

            —No, boba, estábamos ocultándonos de los que querían robar nuestra luz. Por eso, esperábamos en las sombras una ocasión para este encuentro.

            Lucecita creía que estaba soñando. Nunca había estado sola, como pensaba. El júbilo invadió su alma y Lucecita voló brillando más que nunca antes, pues feliz estaba.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 16 de agosto de 2012.

 

El regalo de La Luna

Estándar

El regalo de La Luna

 

La Luna fue un regalo que me hizo mi padre para hacerme compañía. Solita estaba frente a mi ardoroso padre, cuando ella apareció, de semblante frío y piel granulada. Gris y plateada, me pareció que era un tesoro y muy cerquita quise guardarla. A mi alrededor siempre andaba, la jodía no se me despegaba. Parecía mi hermana pequeña, que una madre muy lejana había hecho llegar hasta mí ese día de hace muchos años, no recuerdo ya cuántos. Tanto me quería que en todos influía con su cariño, acercándose y alejándose como la marea de una playa, o bien alterando a los locuelos que con ella se adormilaban. Noche fría, día soleado, y llena de luz nocturna la veía crecer y decrecer cada temporada. Ay, mi niña, linda estrella sin estela, que por la gravedad de mis ideas quedaste atrapada. Sueñan contigo los hombres que un día tu suelo pisaran dejando su huella allí marcada.

            Y como me encanta rimar las cosas, aquí tienes ejemplo de lo que La Luna para mí significaba, tan bien mirada en esta noche oscura donde no duermo sino despierta estaba.

En Las Palmas de Gran Canaria, a 16 de agosto de 2012.