Las entrañas del circo: cuento negro

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Hola, queridos internautas,

aquí tienen mi último cuento. Nunca había escrito nada en este género, pero espero que les guste.

 

Las entrañas del circo

 

—Me miraré las manos. Estarán cubiertas de sangre, pero no de sangre mía. Mi don no me permite ver más que escenas cortas y breves en el tiempo, ni siquiera sé de quién será la sangre, pero una siniestra intuición me inquieta haciéndome creer que mataré a alguien.

—Señorito Harry, me asusta usted con esto que me cuenta.

—Lo sé, Gilbert. Sé que me aprecia pese a ser mi sirviente y es algo mutuo. Imagínese cómo estoy yo pensando en estas visiones tan extrañas, que me atacan en sueños como flashes.

—Me hallaba en mi sueño habitual de la tarde, costumbre que adquirí antes del té, estando en España de visita con mi padre cuando era niño. Era tan placentero disfrutar de mi siesta, como ellos la llaman, que no me di ni cuenta que la noche más oscura me asaltaba en ellos con su tenebrosa visión de mi futuro. Desde entonces, mi siesta no ha vuelto a ser la misma, necesitado de descanso como me hallo y me retuerzo en pesadillas entre sábanas de lino fino –expresó como lamento el caballero Harry Silverman.

            Tras un leve suspiro, que le dejó respirar, en un silencio algo siniestro, se dirigió a la carpa donde se distraía de sus obligaciones y preocupaciones de negocios.

—Vea, Gilbert, este circo lleno de maravillas y seres extraños, me hace sentir entre iguales, salvando las distancias y mi condición social, por supuesto. Pero estos fenómenos son seres con algún don: la mujer barbuda y gorda, el forzudo, el tahúr, el domador, los payasos, los funambulistas, el adivino; todos son entes extraordinarios con cualidades poco comunes. Por eso me he aficionado a venir a verlos a este gran circo.

—Pero, Señor, ¿no cree que ya resulta algo enfermizo venir tantas veces a la semana, todos los días? Me preocupa usted, señorito Harry.

—Pues no se preocupe tanto, Gilbert, es mi destino estar aquí, porque sé que aquí algo importante me pasará algún día y tengo que estar para saber qué es.

El caballero Harry Silverman calló como acostumbraba a hacer. No era hombre de muchas palabras, pero tenía que desahogar sus penas con alguien y Gilbert sabía también que los misterios del señorito Harry acabarían mal.

En los alrededores, se encontraron con el amigo del caballero, el lanzador de cuchillos, Mr. Pelman, que estaba preparando su número para la sesión de la noche. El señorito Harry sentía fascinación por los cuchillos y todo tipo de armas, como caballero que era de la reina, y Pelman la alentaba facilitándole participar en sus espectáculos. Era un verdadero escándalo social, como solía decir Gilbert, pero él era así, el señorito era sumamente extravagante y todos lo sabíamos.

Esa noche estaban todos probando sus actuaciones y Pelman, como de costumbre, le pidió al señorito Harry que participara en su juego. Lanzó un cuchillo y no le tembló el pulso como otras veces. El siguiente fue más cerca, pero no vacilaba, pero al tercero una brisa de viento muy fuerte lo desvió directo al corazón de Gilbert. El pobre anciano había caído redondo al suelo, conejillo de indias y compañero infatigable de las excéntricas aventuras del señorito Harry. La sangre de Gilbert manchó sus manos entre los sollozos del señorito, que acabó sentenciándose:

—Era mi destino ser un asesino.

 

En Las Palmas de Gran Canaria, a 31 de mayo de 2012.

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